Solo quiere un abrazo

El futuro nos tortura

y el pasado nos encadena.

He ahí por qué se nos escapa el presente.

Gustave Faubert

Solo quire un abrazo

Al final, ambos pasean juntos de nuevo, parcialmente vestidos de boda y ensangrentados, hacia el bosque helado.

Se dirige hacia ella caminando, una vez más. No es mucho más alto que su chica, pero ella lleva unos tacones de punta con los que sobresale un poco sobre su ridículo flequillo, ahora despeinado. Es el día de su boda, y él lleva un traje clásico oscuro que acompaña con una camisa veis de mangas largas. A decir verdad, ahora ha perdido la chaqueta. Camina en círculos por el jardín del banquete sin chaqueta ni calzado, hasta que la ve a ella.

Ella está preciosa. Luce un traje sobrio del color del hueso con la espalda al aire, un peinado modesto aunque algo revuelto, y unos tacones esbeltos pero comedidos. Sabe andar con ellos a la perfección, y no trastabilla cuando pisa el césped duro por la helada de anoche. Se acerca a él despacio.

Unas horas después, el banquete se ha servido caliente sobre el frío, retorcido de dolor y entre llantos y gritos, y un centenar de cadáveres se encuentran deformados con violencia allí donde cayeron bajo el ataque. Sobre el suelo aún congelado por un sol de primavera que no deseaba ayudarles.

Esa misma mañana habían discutido al respecto de la dureza del suelo. En los últimos meses lo discutían todo, algo que achacaban a la proximidad de la boda, y los nervios.

Pero, es normal, ¿no? Vamos a casarnos, estamos nerviosos, habían pensado ambos con inconfesables reflexiones sincronizadas.

Mientras tanto, seguían discutiendo sobre el más mínimo detalle. El color de las servilletas o la lista de invitados había sido un campo sembrado de minas que había acabado con una gran lista de cadáveres a sus pies. No importaba. Para cada discusión había una caricia, un beso en silencio, una habitación repleta de sexo, y sábanas empapadas de noche.

Ahora, en mitad del prado, él se gira hacia ella y sus ojos se encuentran. Ambos tienen un aspecto horrible tras lo sucedido, y ella rompe a llorar. No es una persona débil, pero la situación la ha superado, y siente cómo la flojean las piernas. Quiere caricias, besos y sábanas. Las necesita, y las necesita de él.

Es un desastre, pensó ella años antes mientras trataba de limpiar la que sería la primera de muchas manchas de vino tinto, esa que ambos sabían que no saldría. Pero a ninguno le importaba fingir a jugar a retirar la mancha con una servilleta mientras se acercaban. Y caían por primera vez en un beso.

Al atardecer, el bosque junto al caserón donde iba a celebrarse la boda está en silencio. Los pájaros llevan horas sin trinar, y el resto de animales hacía horas que habían huido. A diferencia de los humanos, ellos pueden oler este tipo de sucesos. Lo presienten, y escapan a tiempo.

Él se acerca con ojos grises y cansados, pisando en calcetines el jardín frío del rocío congelado. No parece importarle. Ha perdido los zapatos en algún lugar, y tiene otra mancha colorada en la camisa, una vez más. La última vez. Mira a la que nunca será su mujer durante un momento, y luego se dirige a ella con los brazos abiertos. Ella desea abrazarle, caer rendida en sus brazos una vez más, quiere perdonarle por lo que ha hecho, pero se revuelve y aleja unos pasos, llorando.

Unas horas antes, él reía por el frío de la mañana. Contra todo pronóstico, las temperaturas habían descendido rápido por la noche, haciendo incluso que nevase en parte del estado. Allí no había caído nieve, pero el suelo verde del día anterior se había congelado por completo, y crujía al paso de los invitados, que reían y tiritaban por igual con sus trajes finos de verano y sus vestidos de brazos al aire.

Ninguno de los presentes estaba preparado para una boda a cuatro grados de temperatura, y la dirección del oficio insistía en que no habría horas libres durante días, quizá semanas. Ella lloraba, y él reía tratando de consolarla. La misma risa que la ponía nerviosa a ella. ¿Por qué trataba de arreglarlo todo.

—No pasa nada, nos casaremos dentro, juntitos todos —la dijo al oído.

Pero era difícil aliviar la emoción de una boda que les había supuesto tanto esfuerzo levantar. Con tantas discusiones de por medio, tantas miradas de antipatía. La boda era lo que iba a salvarlos, y ahora…

Ahora él trata de abrazarla por segunda vez, y ella vuelve a evadirse, haciéndole tropezar y caer al suelo. Él se yergue sobre sus rodillas y alza las manos sucias hacia ella en un claro signo de súplica. Ella llora tanto que casi no puede ver. Demasiadas lágrimas en los ojos, y barro en el vestido. Se gira y cae al suelo, destrozada, hincando las piernas en el frío.

Él se arrastra unos pasos hacia ella, y la abraza por detrás. Nota cómo sus brazos la cubren una vez más. Nota su pecho contra su espalda, y su aliento en el cuello. Nota sus manos agarrándola, sujetándola con fuerza.

El sol se pone en el amplio valle, ocultando el horror del día, llevándose los cadáveres a otra parte.

Alguien gritaba en el patio, y varias personas salieron a mirar. Luego se oyeron más gritos, y él le dijo a ella que subiese, que se escondiese en un armario.

—¡Rápido! —grita él mientras la da un empujón leve hacia las escaleras y alguien rompe una ventana con la cabeza.

Era un familiar de él. Tenía la cara destrozada por el vidrio, y estaba clavado y atrapado en el cristal, pero también había marcas sobre su rostro anteriores al impacto. Se escuchaban aullidos por todas partes, y ella permanecía en lo alto de las escaleras sin hacer nada. El hombre de la ventana agarró al novio, y le empujó contra la cristalera, mordiéndole el brazo con rabia. Haciendo brotar la sangre.

Ella se escuchaba gritar mientras él tiraba con fuerza y trataba de parar la salida de sangre. Unos segundos después, él cayó al suelo, temblando. Tenía sacudidas y estertores mientras el resto de los invitados trataba de alejarse de él. Solo el padre de la novia se acercó a su futuro yerno y trató de ayudarle.

Más gritos. Habían entrado más, y estaban mordiendo a todo el que trataba de escapar. El salón se convirtió en un baño de sangre. Ella miró a su novio, con las primeras lágrimas del día en los ojos, pero no fue capaz de encontrarlo.

En su lugar, aquello que antes era su pareja estaba arrancándole los intestinos al cadáver de su padre, masticándolos con furia mientras este temblaba en el suelo con la vista fija en el techo. Ella subió a las alcobas y esperó escondida a que todo pasase.

Nota sus brazos sobre su cuerpo, cómo aumenta la presión y su respiración susurra en su nuca. Ella se abandona al frío y a sus brazos, y él la corresponde clavando sus dientes en su cuello, haciéndola gritar. Con un movimiento violento, él la arranca un pedazo de carne mientras ella se rinde a los mordiscos que la extraen la poca vida que tiene.

Al final, ambos pasean juntos de nuevo, parcialmente vestidos de boda y ensangrentados, hacia el bosque helado.

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