Sombra

Las sombras oscuras se confundían con los contornos menos brillantes y los reflejos apagados y negros del entorno de la ciudad. Devian caminaba agazapado a lo largo de un denso y negro aire azabache, retirando el velo de las sombras que ocultaban de su visión la oscuridad que tenía delante para convertirla en un laberinto de redes sin luz.

Sombra

Temía alzar su largo cuerpo, no fuera a iluminarse de manera ocasional la calle con su suelo de piedra por culpa de una nube que se ha desplazado de su lugar junto a la Luna. Tan solo un leve reflejo blanco, amortiguado por la bolsa de agua de la atmósfera, permitía a Devian avanzar sin tropezar o sin más ayuda de la que podían darle unos pequeños ojos casi negros bajo el cabello oscuro.

Una sombra moviéndose entre otra sombra más densa, pensó mientras bajaba la calle con zancadas desafortunadas, inconsciente a lo que habría justo en el filo de aquél laberinto. Corría para llegar a tiempo al lugar donde debía encontrarse, una tasca ilegal situada en el tercer sótano de un edificio presuntamente al otro lado de la ciudad. Al otro extremo del puente oscuro que perfilaba su silueta quemada sobre un río de aguas sin color, que apenas disponían del arrullo característico. Bajará tinta azabache, como la atmósfera.

En mitad del puente, una patrulla de soldados, casi invisibles en las sombras que ellos mismos se daban, montaban guardia junto a un fuego que apenas sí iluminaba sus rostros. El aire consumía el fuego, y no al revés, como ocurre con todo lo que arde. Este fuego se secaba ante la densidad de la falta de luz, ahogándose en la negrura.

Devian aprovechó este hecho, y se acercó al puente de piedra negra con todo el sigilo de que fue capaz. Caminó junto a su linde y empezó a andar sobre la repisa de unos centímetros que sobresalía en el lateral norte y daba a la caída del río. Paso a paso, en silencio, se descolgó por el puente de roca oscura y caminó por su lateral.

Pasada la mitad, las manos empezaron a cansársele, y el empeine de ambos pies sufría, obligándole a separarlo de la pared, moverlo, y estirarlo cada pocos segundos. Abajo, las aguas corrían oscuras y turbulentas en silencio, y sobre su cabeza se escuchaba más que se veía el crepitar del fuego.

Llegó al otro lado unos minutos después, y corrió a descansar detrás del primer edificio que vio. Estiró las piernas y los brazos, y luego volvió a correr. Hacia el rectángulo de oscuridad recortado sobre el fondo negro del cielo. El edificio quedaba a menos de doscientos metros de él, al otro lado del empedrado que destrozaba las sombras en que habían tornado sus pies.

Trotó hacia la puerta cuando se dio cuenta de que las nubes se estaban retirando, y apuró el paso mientras sus manos parecieron desaparecer ante la intensidad de un poco de Luna. Sus pisadas, rápidas, no se escuchaban resonando en las fachadas de las casas por las que pasaba. Jadeaba en el silencio de una oscuridad que se retiraba ante los chorros de luz blanca.

A cinco metros de las puertas del edificio, con una de las manos invisibles extendidas hacia él, la nube terminó por retirarse, e iluminar el espacio por el que Devian corría. La sombra en que consistía su cuerpo se desvaneció en el aire.