Tempestad: nadie tiene el control

El problema de pensar que estás al mando de la situación es que puedes llegar a creértelo. Agarrado a aquél cabo, Gerald se dio por fin cuenta de que la sensación de seguridad que aportaba el estar anclado de aquella manera era tan falsa como que el barco no se hundiría. Esa es su tragedia y, por ende, la nuestra. El barco no daba la impresión de aguantar mucho más a flote.

tempestad nadie tiene el control

En aquél momento, la campana timbraba loca, muy diferente a la que Gerald había conocido a lo largo de su corta vida, en lo alto del campanario de su pueblo natal. Allí, la campana de la iglesia solo tocaba a las horas y las medias, así como el anuncio de eventos de importancia. La que ahora sonaba, solo levemente por encima del mar a pesar de hacerlo con toda su fuerza, lo hacía con la causa de las olas, y seguía su ritmo.

Había estado sonando desde que la tormenta les había alcanzado, cinco horas antes, y ahora que se había roto el cabo que la estabilizaba, su badajo no dejaba de golpear las paredes. Gerald trató de visualizar la campana, pero le fue imposible a través de la fuerza del mar. Este barría cada pocos segundos la cubierta con olas de más de quince metros que arrastraban al agua cualquier objeto que no hubiese sido arrojado por la borda.

Con cada batida, el mar hacía crujir la madera de todo el navío, retorciendo cada tablón y haciendo que su ruido acompañase al resto de la música de tormenta. Aquí y allí, a lo largo de aquél entorno caótico, se escuchaban los gritos de los marineros. Uno de ellos habían caído al agua, y el resto le acompañarían a menos que el mar se calmase. Visto el horizonte, eso no iba a ocurrir, motivo por el que todos se agarraban con todas sus fuerzas a cualquier elemento del barco.

Nuestro abuelo tuvo mucha suerte, y así lo relató en su diario la semana siguiente, tras catorce horas de tormenta:

«Nuestras vidas habían dejado de pertenecernos en el momento en que vislumbramos la tormenta en el horizonte. Tratamos, en vano, de recoger las redes antes de que esta nos alcanzase, y tuvimos que echar mano de los cuchillos para rasgar los aparejos que se hundieron hasta el fondo en cuestión de segundos.

Eso sería lo que nos ocurriría a mí y al resto de la tripulación si no escapábamos a toda prisa de allí. Alfred arrancó el motor, y durante casi hora y media intentamos alejarnos del agua y el oleaje, en dirección sur. Como mandaba la experiencia, sin éxito. La tormenta terminó por alcanzarnos a las pocas horas de haberla visto lamer el mar por primera vez, y trató de engullirnos durante siete veces esa cantidad.

Nuestra vida ya no era nuestra, sino Suya. Nos atamos cabos, arrojamos la carga al mar, y esperamos que esta no nos lance contra las olas y nos arrastre al fondo del océano. Ninguno estábamos al mando, y cualquier sensación parecida a creer que teníamos el control era puramente accidental.

A lo largo de toda la noche, y parte de la mañana siguiente, el embate de las olas nos hicieron pensar que todos moriríamos allí, tal y como ocurrió con Adler, quien cayó por la borda en mitad de la noche sin estrellas. Imposible ver dónde acabó su cuerpo, o de efectuar ningún rescate sin perder la vida.

Ninguno habló durante los tres días que el navío quedó sin gobierno, dejado a las olas hasta el rescate de la madrugada del día 13 de agosto, cuando el Tavros apareció tras la llamada a salvamento por onda corta.»

Gerald D. Crimme, pescador

Hoy, despedimos al miembro más mayor de nuestra familia con la calurosa despedida que pueden dar cuatro hijos y once nietos. Sobrevivió a una tempestad tras otra, y siempre trajo a casa lo que necesitábamos para sobrevivir. Descansa, abuelo.