Titiritero sin hilos

Miro hacia la oscuridad, y levando la cruz por el lado más próximo a mí, cambiando el equilibrio de los hilos que tienden hacia abajo, hacia la negrura. El ser inanimado que depende de mis acciones se inclina en las tinieblas ante el el público, oculto tras un pesado telón rojo.

Titiritero sin hilos

Desde este ángulo, el telón es negro, así como lo es la marioneta y el escenario. Incluso los focos están tan oscuros que resulta imposible creer que iluminarán algo.

Mis compañeros esperan su momento a mi lado y detrás de mí, con sus respectivos paladines en el regazo. El mío será el primero, pero luego saldrán uno a uno a efectuar su coreografía. La oscuridad sigue envolviéndonos, a salvedad de un tenue brillo anaranjado del letrero de seguridad. Es así como puedo comprobar que están tensos. Es nuestra primera función de esta obra, y los nervios están a flor de piel.

Les observo uno a uno mientras me asienten, y hago lo propio a la boca del lobo que es el pasillo de mi derecha, donde alguien que sí puede verme activa el motor que levanta el velo del público. Se escuchan aplausos mientras la maquinaria recoge la tela.

El público está contento. Bien, pienso.

Ellos pueden ver ahora a la otra parte de mí, la que está en el aún oscuro escenario, delante de ellos. Los focos lo iluminan, cegándole durante unos segundos, y percibo a través de sus tirantes la tensión de la luz. Le deslumbran, y se cubre los ojos.

Los más pequeños ríen, y empieza la función.

***

Paseo junto a ellos a la salida del teatro. Muchos remolonean, esperando una foto o una firma del que manejaba el muñeco, pero nadie sabe qué aspecto tiene el titiritero. Soy uno más entre ellos, pero soy distinto aunque no puedan reconocerme.

El titiritero sin cables, pienso mientras trato de esquivarlos a ellos y a sus cables. No sé cómo no pueden verlos. No sé cómo pueden seguir viviendo así.

Esquivo a un hombre que da varias caladas al cigarro. Le he visto salir corriendo con el tabaco en una mano y el mechero en la otra, preso del vicio que le corroe por dentro, atado con las cuerdas de una droga que no es capaz de controlar. Pobre infeliz.

Le dejo atrás y me doy de bruces con una señora que observa los descuentos de un restaurante cercano. 10% de descuento en comida barata para destrozar su ya bastante maltrecha figura. Retiro los hilos que la llevan a la casa de comida rápida para seguir caminando.

A diferencia de todas las personas con las que me encuentro por la calle, yo no tengo cuerdas. A ellos se les notan en seguida. Pequeños hilos, tirantes o incluso grandes cables de acero y madejas de cuerda que suben hacia las empresas y las creencias personales, atándoles.

Imbéciles, sentencio.

Un teléfono que requiere energía, un tocado con horas de peluqueros, esa ropa que necesitó el trabajo continuo de dos meses a doble jornada. Trabajos que no llenan para comprar artículos que no se necesitan. Vendedores de lo que compran.

Una vez me preguntaron, antes de salir corriendo de aquél trabajo, qué pensaba que era un vendedor.

Un vendedor, señores y señoras, es una persona que trata por todos los medios de que compres algo que no necesitas a cambio de un dinero que puede que todavía no tengas. Eso es un vendedor, público, y el mundo se ha llenado de ellos.

A la gente le habían vendido los hilos de sus propias conciencias y decisiones, y la humanidad los estaba abrazando como si les fuese la vida en ello. Como si fuese mejor comprar un vídeo de cómo adelgazar en lugar de salir a hacer ejercicio.

Sigo esquivando esclavos por la calle. Zombies descerebrados deseosos de gastar aquello que no tienen en algo que no necesitan. Hemos creado un mundo de marionetas en el que el único y gran títere es el dinero en sí.

Qué maravilla.

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