Todo va bien

En silencio, nadie decía nada. Si aquella sociedad adormilada era consciente de que algo estaba ocurriendo, ninguna de sus almas levantó nunca la mano, tendida ante un manto de conformidad basado en la tecnología sirviendo al ciudadano. Y así, dormidos en nuestra frialdad, avanzábamos ciegos hacia el precipicio sin querer reparar en la caída.

todo va bien

Me cuesta pensar que soy la única que lo ve. Me aterroriza darme cuenta que no hay nadie más interesado en retirar el velo sobre los ojos y aceptar la realidad como es y no como nos la muestran. Bajo la doctrina de un «todo va bien», los ciudadanos sonríen en su ignorancia. Y yo sigo sin poder contactar con Héctor una semana más.

Y de eso ya hace un mes. Si hay alguien más con problemas de incomunicación, el resto de personas de mi entorno lo celebra encogiéndose de hombros y siguiendo su camino, como si el no poder comunicarse fuese algo secundario. Como si el veto careciese de importancia. Les animo, les increpo, trato de hacer llamar la atención sobre el hecho de que Héctor no da señales de vida, de que nadie le ha visto en mucho tiempo. Y todos responden del mismo modo, estereotipos ensayados que animan a rendirse una y otra vez.

«Estará por ahí»

«Ya te llamará, cariño, deja de darle vueltas»

«Señorita, ¿está usted segura de que él quiere hablar con usted»

«Deja de preocuparte, ya sabes cómo es»

Sí. Sé cómo es. Sé perfectamente cómo es Héctor. Héctor es la única persona que se hacía más preguntas que yo, y era la otra mitad de mi vida, una que ya no está. Mi familia se encoje de hombros primero. Luego lo hace la policía. Tras ellos, mis amigos y las redes sociales discurren alrededor de mis mensajes. Nadie levanta la cabeza, nadie hace eco de la noticia. Porque no hay noticia.

Siguen con la cabeza entre los hombros, y he llegado a dudar si el miedo la baja hasta esa cota o es genuina despreocupación. Hemos creado una maravillosa sociedad ataráxica asfixiada en su propio conformismo y resignación. Pero todos tienen un techo sobre el que dormir, uno a la altura conveniente para que la cabeza continúe gacha, y ninguna preocupación en la cabeza. Porque si la levantas… Como hizo Héctor, él levantó la cabeza.

—No te preocupes, voy a volver en tan solo unos días—dijo con su inmutable tono de voz. Estaba preparando con cuidado su mochila de viaje. La cinta de la cámara de fotos sobresalía de uno de los bolsillos laterales.

—Ya, pero, ¿a dónde vas?—Confieso que estoy celosa. Héctor nunca se ha separado de mí en cinco años, y ahora se marcha a hacer algo importante. A buscar respuestas a preguntas que nadie parece querer formularse. Y está preocupado, lo sé. Trata de no aparentarlo, como suele hacer él, pero se le nota.

—Es mejor que no lo sepas.—Abrió mucho los ojos poniendo una expresión de miedo y luego relajó la cara, sonrió y mostró las arrugas junto a los ojos que sabía me volvían loca. Me cogió de las manos—. Ven aquí. No me va a ocurrir nada, tan solo quiero comprobar algo. Estaré unos días fuera y luego volveré con fotos y grabaciones. Te lo explicaré entonces, y las veremos juntos.

—¿Me lo prometes?—Consigo articular mientras noto que las lágrimas bañan mis labios.

—Te lo prometo.

Y me lo prometió. Me prometió que me abrazaría en unos días. Me prometió que me contaría lo que estaba ocurriendo. Me prometió que estaría aquí. Pero algo se lo impide, y el solo pensamiento de que le haya ocurrido algo malo…

«Claro que le ha ocurrido algo malo, niña tonta» piensa esa parte del cerebro a la que trato de no escuchar «. No vas a volver a verle. No vas a volver a hablar con él. No vas a volver a besarle.»

Vuelvo a notar el sabor de las lágrimas mientras camino por la calle. Si alguien lo percibe no hace nada por evitarlo. Nadie te consuela en este tipo de sociedad porque nadie comprende la tristeza. Al menos, no lo demuestran. Trato de desembarazarme de la voz que sé que tiene razón, trato de eliminar la conciencia de mi interior y escuchar la parte que me dice que no hay problemas. Prefiero los ojos mentirosos de Héctor cuando se despedía por última vez. Sí, prefiero pensar que pronto le veré, que llegará cualquier día de estos. Prefiero pensar que no hay ningún problema.

Escucharé la parte de mi interior que me interesa, ignorando a la que me hace daño. Ignorando a la que me hace pensar en que algo malo ha podido pasarle.

Sonrío.

«Todo va bien»

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