Tranquila, te vas a poner bien

Yo no podía huir de la ciudad al igual que ella fue incapaz de huir de la enfermedad que la devoraba por dentro. Necesito la urbe, necesito sus repugnantes calles repletas de basura y su contaminación. Necesito la polución de ciudadanos ariscos y el olor de la corrupción. Necesito la banda ancha del frenesí de sus gentes. Soy adicto a las frecuencias que la mataron tanto como lo era ella.

tranquila te vas a poner bien

La echo de menos, y no puedo dejar de pensar en toda aquella sangre, en las heridas internas, en el sufrimiento largo y tendido de un hospital que la estaba matando lentamente, así como la ciudad nos estaba matando a todos. Su cara demacrada aún me persigue en las madrugadas y los atardeceres en los que me veo obligado a tomar somníferos.

Así y todo, ella vuelve cada noche, advirtiéndome que me vaya, que deje todo aquél ajetreo y huya a terrenos verdes y montañas limpias. Espacios sin aquellas frecuencias de amplio espectro que estaban destrozando a la gente por dentro.

Los gobiernos emitían comunicados cada poco tiempo para evitar que cundiese el pánico, y la gente devoraba sus dogmas porque en el fondo no deseaban ser partícipes de la verdad que los estaba matando poco a poco. Era mucho más fácil culpar a otras causas, como la conocida contaminación atmosférica, siempre detrás de todos los cánceres. Sí, era mejor que la culpa fuese de los combustibles fósiles mientras todos pudiésemos poseer nuestra cobertura intacta. En nuestra hipocresía nos hundíamos cada día un poco más en la enfermedad.

«Vete de aquí.» Su voz dulce maltrata mi radiado cerebro cada noche, advirtiéndome del peligro que acechaba a nuestro alrededor, que nos rodea. Acto seguido, miles de personas salen a la calle con pañuelos llenos de sangre con los que se limpian las hemorragias que tienen el lujo de salir de sus cuerpos maltrechos y amarillos. Luego me despierto, siempre con las mismas imágenes en la cabeza. Y con su voz. «Vete de aquí»

¿A dónde íbamos a ir sin conexión? Somos una sociedad enferma de nosotros mismos que se ha cavado su propia fosa, y ya da igual. Sin ti, da igual.

«No te preocupes, te vas a poner bien» Me recuerdo a mí mismo mintiéndole a diario junto a su cama empapada de sangre. Recuerdo el tacto de las vías que la alimentaban cuando ya no tenía fuerza ni para respirar. La engañaba como nos engañábamos todos porque era el único modo de seguir hacia delante.

Ahora que ella no está sé que no saldré nunca de esta ciudad, que nadie saldrá nunca de esta ciudad, y que como el resto de personas aquí atrapadas moriré pronto. Quizá en menos de una década. Ya he empezado a sentirlo en mi interior, y cuando empieza ya no hay vuelta atrás. Al menos eso dicen los que aún no tienen voz, aquellos a los que se escuchará cuando ya no haya posibilidad de salvar nada. Miro sus fotos a través del Nexo y sonrío mientras la radiación perfora mi cuerpo segundo a segundo. Ya da igual. No puedo salir de aquí, la ciudad me recuerda demasiado a ella, y soy dependiente de su recuerdo al igual que ella era dependiente del nivel de señal.

Huir no sirve de nada si aquello que llevas dentro te matará en cualquier otro lugar. La cobertura de nuestros terminales es el precio que ha pagado mi generación por sus tumores.

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