Tsunami

El tsunami se acercaba a más de quinientos kilómetros por hora a través del horizonte. Arrastrando un peso de millones de toneladas de agua salada, la ola se acercaba a la masa continental sin que nada pudiese detenerla, tal y como lo había hecho en otras ocasiones.

Evans, embriagado por el vino envejecido durante doscientos años, trataba de no perder la línea de la cresta, difícilmente recortada contra el horizonte del amanecer. El sol salía por el este, a la izquierda de la enorme masa de agua que bajaba hacia el sur por la bahía.

Cartel «Tsunami»

Aún faltaban diez minutos hasta que la primera de las olas impactase contra las rocas que poco a poco se iban convirtiendo en la arena de la playa. Dejó el vaso vacío sobre la mesa, abrió otra botella, y se sirvió de nuevo, brindando por la destrucción que llevaría a cabo la masa de agua.

Evans se aburría. En su día a día y en su vida. Había venido a este planeta a «sentir la emoción de los elementos», a disfrutar del caos de la naturaleza y a inspirarse en él. Tormentas que duraban meses, grandes maremotos, descargas eléctricas que hacían arder el cielo. Se lo habían vendido de modo que su próximo libro estaba casi escrito.

Tras unos días en Indominia, las palabras fluirían como lo había hecho el dinero de las novelas anteriores. Ahora, ese dinero se acababa, y él seguía sin inspiración. Incluso a pesar de la destrucción que gobernaba aquél mundo sin apenas población.

Se terminó de nuevo el vaso y volvió a llenarlo. Había dejado de buscar la cresta de la ola, un ejercicio del todo inútil y frustrante, como tratar de llenar de palabras las hojas en blanco sobre la mesa.

Desde la atalaya sobre la cadena montañosa de Edenia, Evans podía observar cómo el tsunami alcanzaba los montes cercanos a la playa, los cubría, y seguía avanzando a su increíble velocidad. Fuera de la mansión, la temperatura era inferior al punto de congelación. De no ser por la velocidad del mar, este se habría helado hacía milenios. Pero en Indominia no existía el mar en calma debido a los movimientos de las lunas, ahora sobre el horizonte.

Evans había llegado a aquél planeta buscando la inspiración para su siguiente novela, firmada con Transcontinental desde hacía varios años, pero hacía casi ocho meses que no era capaz de plasmar ni una sola palabra sobre el papel. Ni sobre el ordenador. Ni al dictado de su IA asesor, la misma que había tenido que apagar por irritante.

Tan solo permitía que los sirvientes limpiasen la vivienda a su alrededor, y solo si lo hacían en silencio. Pensaba en ello cuando la vibración del suelo creció en intensidad. Se levantó, caminó hacia la cristalera pasando la chimenea y, apoyando una mano en el vidrio termoestable, brindó a los elementos congregados para él.

Toda la isla era suya. Nadie más estaba contemplando aquella cadena de destrucción, ni esta estaba siendo filmada. Cuando el tsunami se retirase de la ahora parcialmente inundada montaña, nadie salvo él recordaría cómo se vacía la cumbre de una montaña de agua.

La ola principal alcanzó en su impulso la mitad de la altura del sistema montañoso, y sobrepasó las lomas bajas. Varios cientos de veces cada pocos años, gran parte del océano salvaba las montañas y se vertía en un lago interior, a espaldas de Evans.

Volvió a apurarse el vino y regresó en busca de más, al tiempo que el mar recuperaba el agua que era suya. Antes de alcanzar la mesa, el trueno surgió de la tierra, y elevó su sonido al cielo. El suelo comenzó a temblar, y en una fracción de segundo había ganado una ligera inclinación hacia el océano. Esta se hacía más grande por segundos, y Evans cayó sobre el cristal, golpeándolo y dejando caer el vaso vacío al suelo, donde estalló en una decena de fragmentos.

Se giró, en dirección al segundo tsunami, y colocó las manos en la ventana al tiempo que este impactaba contra la base de la montaña. El cristal estaba ahora frio bajo sus manos, y empezaba a sonar mientras telarañas de grietas se formaban bajo sus palmas.

Las palabras comenzaron a aflorar en el instante en que era expulsado a la atmósfera, acompañado de cristales, folios y los restos de la chimenea.