Un amanecer diferente

Un amanecer diferente

Brilla sobre mi cabeza, a unos cuarenta grados oeste del centro de mi visión. Si levanto la mano izquierda sobre el césped en que reposa puedo tapar parte de sus dígitos. Todos, si cierro uno de los ojos. La luz sobre mí brilla verde pálido, como ha hecho cada noche desde que tengo memoria. La capa de oscuridad que rodea el gran reloj solo se rompe por luces fugaces allí arriba.

Arriba es relativo, pienso la frase que nos enseñaron en clase, siendo muy jóvenes, cuando nos enseñaron la forma que tenía nuestro mundo giratorio.

He visto holos y vídeos de siglos anteriores, y esta visión nocturna es lo más parecido que he encontrado a contemplar el cielo nocturno sobre mi cabeza.

Pero no es el cielo de verdad.

Hace demasiados siglos que nadie sabe qué se siente al contemplar el cielo nocturno desde el campo, porque hace siglos que ya no existe el campo. Aquí dentro el cielo es tan solo un concepto, una definición dentro del cerebro de las ciudades. De hecho, ya nadie sabe lo que es el horizonte, porque todos aquellos que pudieron haberlo visto en algún momento murieron hace más de un siglo. Nosotros no disponemos de esa línea horizontal en el infinito, solo imágenes de grabaciones.

He tratado en no pocas ocasiones en imaginar cómo sería estar sobre un mundo en el que hubiese un cielo, y el suelo no se combase para abarcar toda la visión. Uno donde contemplar el cielo o las montañas. Sin éxito. Cuando trato de hacerlo, una oleada de irrealidad me invade.

Lo que nosotros tenemos, y de lo que he aprendido, es una curva plegada sobre sí misma en el espacio de la que no podemos –ni tendría sentido que quisiésemos– salir. Gira en el espacio para proveernos de gravedad artificial, y nos lleva a nuestro destino.

El reloj sigue con su cuenta regresiva en números verdes brillantes. Lleva haciéndolo desde que fue instalado, cuando mi madre era joven de vez en cuando nos cuenta cómo fue despertarse un día con una cuenta atrás. Ahora marca 345 años, 4 meses, 32 días, 9 horas, 15,98 minutos, y sigue girando con la estación Capricornio.

La noche está tranquila dentro del cilindro. La ciudad está tranquila, y el resto de ellas solo son constelaciones sobre mi cabeza desde las que no me llega su ruido. Giran conmigo mientras el cilindro rota sobre sí mismo y nos regala la percepción del arriba que necesitamos para que todo esto tenga sentido.

Arriba está el nervio central, una pasarela en gravedad cero que une los dos extremos del cilindro. Cuando más avanzas desde esta a uno de los laterales del cilindro, mayor es la gravedad aparente. Hasta llegar a sus paredes. Su pared. En ella, la gravedad es estándar. Si el cilindro dejase de girar, cada vez pesaríamos menos, y eventualmente saldríamos despedidos hacia el cielo, flotando dentro de nuestro cilindro para toda la eternidad.

Viajar por el espacio es duro, pienso a Mark por nuestro canal privado, y un chasquido en la banda subsónica me advierte de que el mensaje ha llegado pero él no lo ha recibido de forma consciente. Mierda, pienso para mí misma.

Mark vive en uno de esos puntos de luz en nuestro cielo, sobre mi cabeza, a cincuenta minutos de transbordador desde mi ciudad o dos horas en tren.

¿Has dicho algo?, pregunta con una voz agotada. Sé que le he despertado. Me maldigo a mí misma por no haber comprobado su estado y contesto:

No es importante, vuelve a dormir.

No, no importa. Dime. Puedo percibir a través del canal común cómo hace un esfuerzo, y me lo imagino sentándose sobre la cama para evitar quedarse dormido. Ahora mismo, su cabeza está casi justo bocabajo según mi perspectiva, pero perfectamente alineada con la gravedad artificial de su pequeña parcela del cilindro.

Es una bobada, estaba pensando en que viajar por el espacio es duro. Mark, medio dormido a ocho kilómetros de mí, guarda silencio. Me refiero a duro como especie. Son demasiados años.

Sus pulsaciones me indican a través de la frecuencia que está sonriendo. Últimamente mis pensamientos le hacen sonreír, y se alegra cada vez que descubre algo nuevo de mí. Saber esto me da la vida. Y yo sonrío cada vez que descubro algo nuevo de él.

¿Estás sufriendo una crisis existencial de la que deba saber algo?, pregunta por fin, enviando con la pregunta el estertor que ella había aprendido a interpretar como su risa.

No, bobo, le sonrío. Era solo un pensamiento. Voy a dejar que sigas durmiendo.

¿Qué hacías?, corta Mark al otro lado, impidiéndome que apague la conexión con su pregunta.

Nada, mirar hacia arriba. O hacia abajo. En dirección al reloj. Dicen que es un elemento que da estabilidad y sentido a lo que estamos haciendo. ¿Tú también lo crees así?

Nunca me había parado a pensar en ello. Sé que lo colocaron para que no olvidásemos el motivo por el que estamos todos metidos aquí, pero no me he planteado si aporta estabilidad. Esperó unos segundos. Dime, ¿quieres ver algo?

Por supuesto, le pensé.

Dame unos segundos, voy a vestirme.

Mark… mañana trabajas. Deberías…

Solo será un rato, prometido, me interrumpe y corta la frecuencia para que no pueda decirle nada mientras sonrío.

Lo cierto es que es tarde. Los focos de la mañana se encenderán en cuestión de un rato y, aunque Mark tiene un turno de tarde, yo preferiría que durmiese algo. Tarda un minuto más en terminar de vestirse, y luego escucho el clic característico que me informa que ha vuelto a la escucha.

Ya estoy, salgo de casa.

¿A dónde vas?, pregunto con curiosidad. Como respuesta obtengo de nuevo la polaridad de su risa sobreimpresa en la frecuencia de emisión.

Es una sorpresa, pero está cerca. ¡Estoy corriendo por la calle! ¡Alterando el orden público!

Me hace reír. Mark es incapaz de correr más de cien metros antes de asfixiarse. Obviamente debe ir a algún lugar cercano a su casa. Tarda poco en llegar mientras hablamos. Puedo notar en su pensamiento que está cansado. Mark es una de las pocas personas que conozco que sabe transmitir el estado físico o de ánimo a través de las ondas de comunicación. El resto de personas parece haberlo olvidado con el tiempo, y tan solo transmiten la información asociada de la frase que desean enviar.

Casi he llegado. En breve te mandaré una señal de vídeo, me comenta. Le respondo con una sonrisa que él percibe como un susurro en su enlace.

Confieso que me encanta que prepare estos eventos para mí. Sus sorpresas. Pequeños actos sin importancia que lo significan todo y lo diferencian del resto de personas que he conocido.

Sigo tumbada sobre el césped de la colina baja mientras miro hacia las calles de la ciudad de Mark. En alguna de ellas, él camina rápido en mitad de la noche para darme una sorpresa. El reloj, unos kilómetros al norte con respecto a la dirección del cilindro en el espacio, sigue brillando.

No tengo frio pese a estar en manga corta sobre la hierba. Toda la superficie interna de la Capricornio está climatizada, y reforzada para evitar pérdidas de energía a través del casco externo y cilíndrico, del que recibe la vaga luz solar de las lejanas estrellas.

¡Estoy!, me dice a través del canal común, y me envía una petición formal para enviarme un vídeo en directo vía banda-k. Sigue insistiendo en pedir permiso aun diciéndole que puede enviar siempre lo que desee. Acepto la invitación y, sobreimpreso en mi ampliación de cerebro, aparecen líneas y curvas que no consigo orientar. Mark, al otro lado, no dice nada, y me pide silencio cuando pregunto. Shhh, que va a empezar, quedan dos minutos.

¿Qué va a empezar?, insisto sin obtener respuesta. Consulto mi reloj interno y me informa de que queda 1,23 minutos para el encendido de los focos. Miles de millones de luces incandescentes de amplia potencia radiarán entonces desde el nervio central del cilindro en todas direcciones, arrancando desde el extremo sur hasta cubrir la pared norte. A falta de un nombre mejor, lo llamamos amanecer. ¿Voy a ver el amanecer mirando al techo de un edificio deforme desde dentro?

No es un edificio deforme, es una iglesia. Una catedral.

¿Qué es una iglesia?¿Qué es una catedral?

Shhhh, me interrumpe. Unos segundos más. Mira.

La vibración se extiende por todo el cilindro. Es leve, casi imperceptible salvo si la estás esperando. Durante medio minuto, las venas de cables, generadores y motores situadas en toda la corteza exterior del cilindro se ponen en marcha gradualmente, y canalizan cientos de millones de vatios de potencia hacia el extremo sur, desde donde empieza a brillar una luz tenue. La vibración se mantiene durante todo el proceso de encendido, en que la electricidad fluye por primera vez en el día hacia los focos.

Por el canal de vídeo primario de mis ojos veo cómo a treinta kilómetros al sur empieza a brotar una luz que ilumina la pared trasera del cilindro. El lado sur. El resplandor avanza por el nervio central mientras ilumina con más y más intensidad el mundo que hemos creado en mitad del espacio.

Pero lo que me deja sin habla es lo que observo por el canal de Mark. Las superficies que veía desde el suelo empiezan a brillar en lo alto, y la luz comienza a filtrarse a través de los colores de las paredes. Resulta imposible determinar cuántos colores hay, todos entrando con cada vez más intensidad a través de unas cristaleras permeables a la luz.

Guardo silencio mientras Mark relata algo, y espero con toda mi alma que esté grabando lo que vemos.

Estás viendo cómo los focos del nervio central iluminan por dentro una reconstrucción histórica. La Catedral de la Sagrada Familia, un edificio que no llegó a completarse nunca en la Tierra. Los terremotos empezaron mucho antes de que pudiesen acabarla y…

La luz se cuela por todos los rincones de la catedral mientras observo desde el césped cómo desaparece la penumbra de la ciudad de Mark. Segundos más tarde tengo que cubrirme los ojos para no quemarme con los focos que vuelven casi invisible su mundo, allá en lo alto. El nervio central ha llegado casi a iluminarse por completo, y solo veo lo que ve él mientras mantengo los ojos cerrados.

Las paredes están iluminadas desde la propia roca, y puedo ver los rayos de luz sobre la capa de polvo en suspensión. Cada haz es de un tono diferente, y parece incendiar el aire que respira Mark. Él sigue hablando.

Hay ocho copias casi idénticas a lo largo de ocho ciudades, pero creo que la Capricornio no es la única estación con esta reconstrucción. Por lo visto la antigua iglesia católica financió gran parte de la construcción de la Ares, y construyó otra Sagrada Familia más allí. Y… Mira, mira ahora. Atenta.

Como cada día, los focos cambian rápidamente de intensidad durante unos segundos. Un parpadeo en que ninguno de ellos se apaga pero todos cambian su frecuencia de emisión a lo largo de un brillo con forma de onda sinusoidal, repitiendo el amanecer unas diez veces más para su testeo.

Dentro del edificio, el brillo palpita al ritmo que lo hacen las luces del nervio, y el espacio al completo parece combarse con las formas orgánicas del lugar. Siento vértigo y emoción. Mark se encuentra tumbado en el suelo de la catedral, y observa cómo la luz deforma con su pulso ascendente y descendente las grandes columnas de piedra. Estas se doblan mientras la luz penetra en ellas hasta que los focos se estabilizan. Y abro los ojos.

La ciudad de Mark es invisible ahora tras una cortina de luz que sesga el cielo en dos, pero su canal de vídeo sigue activo unos minutos más mientras contemplo la luz entrando por los ventanales. El reloj que informa del tiempo que queda para llegar a nuestro destino es tan solo una leve forma de hormigón tras la corona de luz en lo alto. Casi invisible.

Gracias, le pienso.

2 pensamientos en “Un amanecer diferente

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