Un conjunto de jirones bien cosidos

Retazos de jirones cosidos unos a otros, deambulando por el mundo. Personas conformadas por recortes de todas aquellas con las que, en un momento dado, colisionaron. La condensación de lo que son los demás, que a su vez robaron a quienes les precedieron.

Eso, eso es la gente. Tan solo jirones de los que arrancar otros retales que los perpetúen.

Un conjunto de jirones bien cosidos

Porque las personas no tienen los ojos de su madre o nacieron con las espaldas del padre. Cuando la gente alude a estos pequeños detalles, lo que quiere decir es que los ojos de su hijo observan el mundo con la mirada inteligente que tuvo ella; o que la pequeña avanza ahora con la resolución con la que lo hizo su padre. La determinación con la que la gente se retira el pelo de la cara, el modo en que enamora a las personas, o ese tic nervioso que le surge cuando alguien le sorprende.

Retales. Jirones desgarrados y vueltos a coser sobre uno. Esto es lo que es la gente, nada más. Y nada menos.

Esto es lo que era Aparicio. Un hombre hecho a trozos, pero cosidos estos de tal modo que hubiese sido necesario un experto para ver los zurcidos. Durante la primera parte de su vida, esos pedazos surgieron de su núcleo familiar. Disponía del talento musical de su padre, con el que recaudaba el dinero suficiente para, una vez retirado este, poder alimentar a su familia. Tenía, además, la facilidad para empatizar de su madre, con las que llenaba el zurrón de monedas que seguía llevando al cinto.

La sonrisa burlona, heredada sin duda de su tío, le conseguía de vez en cuando el reflejo de otra similar aquí y allá; y el paso tranquilo y estudiado de su hermano mayor le daban un aire de mucha más notoriedad de la que hubiese tenido sin él.

Pero no todos los jirones de Aparicio se los habían dado retales arrebatados a familiares. La valentía nula, uno de los retazos más usados en su personalidad, la encontró cuando fue a la guerra y las balas le silbaban mucho más fuerte de lo que él había llegado a tocar en su vida. En esa época cosió también su corazón de un miedo atroz al compromiso que arrastró bien zurcido a su alma hasta el momento en que murió.

Cuando ocurrió, al funeral acudieron otras personas, de las que algún jirón –mejor o peor cosido a la forma que acompañaban– llegó a pertenecer a Aparicio, quien parecía haberse repartido en muerte mejor de lo que supo hacerlo en vida. Sus diez sobrinos incluso compartían varios de ellos.

Porque eso es lo bueno de los retazos bordados unos a otros: pueden ser multiplicados hasta el infinito con los golpes y colisiones con la gente. Por eso es tan importante elegir aquellos que deseamos arrancar de los demás.

Porque serán aquellos que los demás tomen de nosotros.