Un fluido coagulado de personas

Un fluido coagulado de personas

Acércate y mira. Obsérvalos desde esta privilegiada atalaya en sombras. Hazlo con detenimiento, sin que ellos puedan registrar tus ojos. Acecha las expresiones de dolor en sus rostros, sus vidas vacías, el sufrimiento que tratan de ocultar en su interior mientras desbordan la ciudad con él, y la tiñen de lo que son, destruyéndola desde dentro como un cáncer. Un melanoma sin cura que se extiende por la superficie del mundo. ¿Puedes verlo? Joder, yo casi puedo saborearlo.

Es tan denso que podríamos vivir en su dolor y nadar en la tristeza de las esferas apagadas con las que intentan ver y comprender, sin éxito, ese mundo trágico que han creado para llorar a través de él. Si no encontrase divertida la decadencia con la que avanzan, su mera existencia resultaría casi funesta.

No, no sufras por ellos. Disfruta de sus mentes retorcidas y enfermas de sí mismas, sabedor de que intentan por medios no tienen el parar la inflamación de pensamientos que les obliga a moverse de un lado a otro; vomitando sus ideas infectadas de un pasado que les corroe, y tratando de construir un futuro entre el lodo que segregan entre todos.

Por supuesto, este futuro crece torcido desde su germinación. No, no es la palabra que busco. Desde su contagio, desde el momento en que dos de ellos se infectan e inoculan un nuevo feto que excretar al mundo. Más ponzoña, enraizada en la corrupción de su escaso intelecto. Si al menos fuesen conscientes de su naturaleza… ¿No es divertido que les fuese negada, que no puedan acceder a comprender lo que son en realidad, o la magnitud de su tragedia?

Disfruta de la vista. Contémplales sufrir, arrastrarse por el suelo, llorar por dentro reflexiones que se propagan y les consumen desde el interior, y cuya inflamación se concentra en sus recuerdos. Son estas memorias las que les empujan hacia delante como a marionetas, y desde la que cosechan las consecuencias de su conducta.

Este comportamiento es solo una expresión de la ponzoña que llevan dentro, de la materia negra y cálida que trata de aflorar entre sus poros y sufre al atravesar la piel tras la que se encierran. Mira bien. Ahí. ¿Lo has visto? ¡Se comportan como un fluido, todos ellos! Grumos de personas brotando de edificios para acabar de coagularse, retorcidos, en calles saturadas de su degenerada ilustración.

Observa cómo algunos cristalizan en las lindes de este caldo para acabar por solidificarse, endurecerse, y quedar incrustados sobre el pavimento mientras el resto trata de negar su crudeza y frío. Y les ignoran, intentando no ser los siguientes. Esto, por supuesto, es lo que hace que el siguiente grumo torne trompo y cuaje, deteniéndose, frenando su vida. Pero ellos no pueden verlo, y creen con firmeza que una falta de velocidad les salvará del drama en que se hayan sumergidos.

Están demasiado ocupados tratando de negar su mundo, de fingir la poca alegría con la que no nacieron, de simular una felicidad que nunca fue suya a un nivel consciente. Antes de aprender a pensar podrían haber sido dichosos (quizá lo fueron a temprana edad, cuando la su naturaleza es más inocente, aunque esa parte nunca me ha interesado), pero la razón con la que maduran y se precipitan al suelo tiene un coste. El coste de la inteligencia y el entendimiento.

Puedes palparlo en los movimientos con que la masa informe recorre las calles de la ciudad. Con la que rodea los objetos inmóviles fijados al suelo o se derrama sobre las aceras. Cada uno de ellos se cree independiente y en posesión de un libre albedrío que les será negado cada vez que miren a su alrededor e intenten elegir que eligen.

¡Já! ¿Has visto eso? Son un fluido. Una minúscula parte de un todo tóxico mucho mayor que cada uno de ellos que avanza por gravitación y choca contra los angostos muros de hormigón y el gris de las aceras, solo para cambiar de rumbo. Siempre en busca de un potencial menor. Escudriñando en pos de una sencillez que no lograrán poseer porque la estructura lógica sobre la que apoyan su psique nunca les dejará hacer algo así.

Pobres criaturas entrópicas, cenizas ya carbonizadas de las personas que un día creyeron ser, sin haberlo conseguirlo nunca; y que emergen de las ruinas de una civilización en forma de una hemorragia de individuos que saturan de un condensado de sudor las calles. Observa cómo se desangran los edificios de ellos mientras manan como icor muerto. Plaquetas prescindibles que a la edificación le sobra, y arroja sin miramiento a las calles.

Es hermoso, ¿verdad? ¿Lo ves ahora? Así son siempre los humanos.

 


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Fotografía de Greta Schölderle Møller

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