Un mundo mejor

Cartel «Un mundo mejor»

– 30.06.2056   7:48 AM –

Habían muerto ya más de cien personas, y ella tenía una corazonada. Llamó con quien menos quería hablar en aquél momento, y quien más podría ayudarla con el caso. Para su padre, Gema había sido la decepción del trabajo de su vida. Pacifista y doctor por vocación, y con una alta y justificada desconfianza en la policía, su hija había ascendido en el cuerpo hasta convertirse en una exitosa Inspectora.

Para él, eso había sido la gota que colmó el vaso. Gema era su monstruo de Frankenstein defectuoso. El problema del doctor Estévez había sido no considerar las partes que la sociedad imprimiría sobre su creación, más allá de su control.

—Doctor Estévez, necesitamos su ayuda.—La voz de su hija al teléfono denotaba el cansancio de quien quería rendirse a primera hora de la mañana. Parecía importante, pero aún no había llegado a su consulta y ella le requería aún más tiempo del que él disponía.

—Y, ¿por qué iba yo a ayudar al cuerpo de policía? ¿Por qué iba a ayudar a una pandilla de asesinos a sueldo, dime?—El doctor rememoró la muerte de su segunda esposa y el odio volvió a su cuerpo. Como cada vez que su hija trataba de volver a ganarse su amor.

—Porque han muerto ciento siete personas en menos de dos horas, papá.—Se hizo el silencio alrededor de ambos móviles.—Esto no tiene que ver con nosotros. Te necesitamos porque eres el mejor en tu campo. Y también necesitamos a Guillermo Taba, va a ser mi siguiente llamada, pero te agradecería que le llamases luego para confirmar que viene.

—¿Ciento siete?

—Y va en aumento. Tenemos más de cien víctimas y casi setenta asesinos confesos.

El doctor asintió en silencio, contestó que sí y colgó el teléfono. Giró ciento ochenta grados y volvió al vehículo que había aparcado a unos cientos de metros de la consulta. Gema E. García colgó el auricular y reprimió la lágrima que trataba de escapar de sus ojos. Entró a la sala de juntas cerrando la puerta y habló a sus capitanes.

Como Inspectora Jefe de la Policía, se le había encargado que organizase el caso de la muerte absurda y sin sentido de tanta gente. Hacía años que casi nadie moría en las ciudades, y mucho menos tanta gente, tan diferente, y en lugares tan dispares.

Observó el diagrama que sus técnicos montaban en una improvisada pared y trató de comprender qué hacía que esas víctimas hubiesen sido las elegidas. Miró las cifras de nuevo. Hasta ahora tenía ochenta confesiones, la mayoría de ellas telefónicas, de personas que decían ser los asesinos. Personas confesas que nunca se hubieron imaginado en estas circunstancias.

La gente estaba matando a otra gente, y nadie podía entender el motivo o la relación. Tan solo una hipótesis sin confirmar, un susurro en su instinto que merecía la pena levantar el lodo de la relación fracasada con su padre.

– 30.06.2056  8:24 AM –

Gema había distribuido a gran parte de su equipo y de otras comisarías por la ciudad, en busca de aquellos asesinos confesos. Incluso habían pedido refuerzos a otras ciudades, y esperaba la llegada de su padre. Guillermo Taba, el otro doctor, experto programador en ampliaciones de ciborgs e integraciones mental-software, había llegado unos minutos antes, y estaba cogiendo una taza de café mientras el doctor Estévez entraba por la puerta.

Saludó con una inclinación de cabeza a su hija y con un largo abrazo y una sonrisa a su amigo, y accedió a tomar una taza de café. Cuando los tres se hubieron sentado, Gema habló.

—Mi corazonada se ha ido asentando con los minutos. Os expondré algunos de los hechos. Algo antes de las seis de la madrugada, un padre llamó llorando a la comisaría. Dijo haber matado a sus dos hijos porque estaban llorando y haciendo ruido. Mellizos, de poco más de dos meses. El hombre aseguró que sabía lo que había pasado, que lo había hecho, y que el motivo había sido el ruido. Padre soltero, no había nadie más en casa. No se le conoce ningún altercado violento ni fue fichado nunca. Un hombre con dos trabajos y una hipoteca. Un tipo normal del que nadie habría sospechado, y que amaba a sus hijos. Les partió el cuello a ambos con la mano derecha –recalcó mucho eso- y luego les dejó en sus cunas. Comentó que recuperó el control de su cuerpo pasados unos minutos, y nos llamó de inmediato.

Ambos doctores asintieron con la cabeza, tratando de asimilar todos los datos posibles. Sabían que la información lo era todo para detectar la causa de todo esto. La Inspectora Jefe continuó.

—Tras eso, el teléfono no paró. La historia es siempre la misma: alguien sin antecedentes y con un perfil impecable asesina a otra persona. El 87% hasta ahora han sido en sus núcleos familiares, pero un 13% de ellos han asesinado también a compañeros de trabajo. A primera hora, la mayoría son hombres, pero desde las ocho de la mañana eso se está empezando a igualar. Además, nos están llegando reportes de mujeres que agreden a otras personas. Suponemos que estas agresiones son intentos de asesinato frustrados por la fuerza de la persona atacada.

—¿Y cuál es tu teoría, Gigi?—El doctor Taba aún llamaba a Gema como lo había hecho a lo largo de su infancia, cuando ambos compañeros de consulta trabajaban codo con codo y disfrutaban del tiempo familiar juntos.

—Por favor, doctor, llámeme Gema en estas instalaciones. Hay gente que me tiene incluso como una Inspectora.—Ambos sonrieron.—Lo cierto es que no tengo ninguna confirmación, pero el cien por cien de ellos está en una única lista que los enlaza a todos. Me ha parecido lógico que guarde relación, aunque podríamos entrar en problemas legislativos de inmediato.

—BioTorch no va a dejar que comuniquéis que sus implantes matan a la gente, Inspectora—interrumpió el doctor Estévez, imprimiendo a la palabra inspectora un carácter peyorativo, pero consiguiendo la atención de su compañero y la admiración de su hija.

—¡Qué velocidad de raciocinio, papá!—admitió la inspectora—. En efecto, todos habían sido intervenidos por BioTorch, y muchos probablemente pasaron por alguna de vuestras consultas. Sospecho que hay algún problema que hace que los trasplantes gobiernen de algún modo la psique. Quiero que me digáis si eso es posible, y si lo es, cómo conseguir que no lo sea.

—¿A nivel subconsciente?—preguntó Taba.

—O consciente. Aún no podemos descartar que los asesinatos sean voluntarios. Aunque el número sigue creciendo. El último recuento establecía más de trescientos. Pronto saldrá en la televisión, no podemos ocultarlo más. Lo cierto es que se nos está yendo de las manos.

Ambos doctores guardaron silencio. Los dos trabajaban para BT y otras compañías de implantes ciborg para personas de toda condición social. Trabajadores que necesitaban más fuerza en sus brazos o ejecutivos que requerían micro dosis de anfetaminas directas a su cerebro a través de un implante. Incluso muchos habían adaptado su cuerpo a cánones de moda sin funcionalidad.

Un teniente abrió la puerta.

—¿Inspectora García?—preguntó. El doctor Estévez no supo si sentirse insultado o aliviado al saber que su hija había convertido su apellido en una letra meramente decorativa entre su nombre y el apellido de su primera mujer.—Siento interrumpir, pero no conseguimos una línea con BioTorch.

—Pase, teniente. Doctores, os presento al Teniente Martínez. Se encarga del equipo que baraja las hipótesis más probables. Es el primero que se ha puesto a investigar a BT, pero nadie nos responde desde la central. Creemos que están tapando algo, y lo admitiríamos si fuese una estafa monetaria. Pero no con muertes. Teniente, los doctores Estévez y Taba. Ambos trabajan con BT, y les necesitamos para que logren alguna vía de comunicación.

– 30.06.2056  9:56 AM –

El quinto café es el mejor del día, o solía serlo. Gema cerró los ojos un instante y un técnico irrumpió en su despacho segundos después.

—Señora, tiene que venir. Es la televisión, han empezado a lanzar sus propias teorías. Venga.

Siguió al joven hasta la sala contigua, donde doce policías observaban una pequeña pantalla que habían incorporado a la sala para este momento. En el noticiario de emergencia se podía leer «¿Es BT la responsable de casi 400 asesinatos en unas horas?».

—Va a cundir el pánico.—El padre de Gema se había colocado tras ella.—Esto no es bueno, aunque por lo menos sabemos que no somos los únicos en abrir la investigación sobre BioTorch. Esto corrobora la búsqueda en marcha.

—Quizá no sea tan malo—dijo la inspectora—. Si alguien con una prótesis de BT lee las noticias es posible que trate de aislarse del resto de personas. Puede darnos tiempo. Y no hemos sido nosotros los que hemos destapado la liebre. La denuncia de la multinacional irá para las cadenas de televisión. Ahora tenemos vía libre para actuar.

—No lo veo así. Dime, ¿qué harías tú si te dicen que tu nuevo brazo o un pequeño implante neuronal puede matar a tu familia o amigos? ¿Te quedarías en casa?—El doctor miró a su hija con cara de preocupación. A estas alturas, lo que menos le importaba era su trabajo como cirujano. Se habían perdido cientos de vidas en unas pocas horas, y empezaba a cundir el pánico.

—Iría al hospital, o a la comisaría. Saldría a la calle, no me quedaría con mi familia. Pero, aquí solo ha venido una persona, las cifras no me cuadran. Deberíamos estar registrando más gente.

—Exacto—confirmó Estévez—. Creo que esa gente sale a la calle asustada, hace algo que no se esperaba y trata de ocultarlo. Puede haber más muertes no confirmadas de personas asustadas que no admiten sus propios crímenes.

—Gigi—interrumpió el doctor Taba, acercándose a la pareja y tapando el teléfono con la conversación en marcha—, tienes que escuchar esto. No hemos conseguido hablar con BT, pero he conseguido el número de un técnico programador. Al parecer, esta madrugada iban a lanzar una beta para los modelos 4.x.x. ¿Podemos confirmar que todos los asesinos confesor que tenemos usan ese software en sus bioimplantes de BT?

Gema asintió, en parte incómoda por el apelativo cariñoso. Hizo un gesto al Teniente Martínez mientras Taba se alejaba para seguir al teléfono. El centro era un hervidero de llamadas telefónicas infructuosas, y esa era su única pista.

—Nacho, necesito que me comprobéis el software de los asesinos que se han autoinculpado hasta ahora. Si se confirma que es la versión 4 en los treinta primeros casos, pasamos a lanzar un comunicado de emergencia—ordenó Gema.

Corrió a la sala contigua, donde se había aumentado el número de encargados de las redes sociales de la policía y se controlaba la información al exterior. Varios técnicos trabajaban para tranquilizar a la población.

—Borja, te necesito. Y  a tu equipo. Tenemos que redactar un comunicado. A mi despacho, ya.

– 30.06.2056  10:34 AM –

«A petición de la policía, pasamos a comunicar la siguiente información que se nos ha hecho llegar»

La periodista tenía un display en las manos, y lo leía con toda la calma con que le era posible. Se encontraba dentro de la redacción, donde se podía observar al fondo la discusión con un empleado maniatado a una silla.

«Se ha confirmado que el 100% de los agresores y agresoras que durante el día de hoy han asesinado a cientos de personas en la ciudad son o han sido pacientes de BioTorch, la compañía de implantes biomecánicos, y todos cuentan con implantes de la marca con un software 4.0.1 o superior. Se solicita a todos los usuarios de tecnología ciborg que traten de aislarse del resto de las personas y que tengan acceso de una línea telefónica. Se ha habilitado un número de atención, que me confirman que aparece en pantalla. Se pide así mismo al resto de la ciudadanía que mantenga la calma y que reporte todo acto de violencia que presencie.

El Departamento de policía pide, además, que empleados de BT con posibilidad de emitir una actualización de emergencia se pongan en contacto con ellos para evitar más accidentes y revertir los efectos de la actualización, ya que la empresa ha guardado silencio hasta ahora.

Hasta aquí…»

Gema bajó el volumen de la televisión, y dio varias palmadas.

—Muy bien, todos. Escuchadme. En breve nos van a llover las amenazas y respuestas de los abogados de la marca, y cientos de miles de personas que denunciarán a sus vecinos y amigos aunque estos no hayan hecho nada, solo por miedo o porque sepan o sospechen que son ciborgs de algún tipo. Quiero que deis preferencia a las líneas abiertas para el contacto con BT. Doctores, ¿tenemos ya a alguien aquí?

Taba asintió, y presentó a Jaime a la inspectora.

—Es el técnico con el que he conseguido contactar esta mañana. Ha llegado hace unos minutos. Trabajamos juntos en mi consulta durante unos años. Luego, se pasó a programación dura, y ha estado trabajando desde entonces con BT y Girotronics.

—Muchas gracias por venir, Jaime.—La inspectora se introdujo y los apartó a ambos del ajetreo de la sala.—Díganos, ¿es posible el envío de una contraactualización? ¿Podemos hacer que los implantes biomédicos de los afectados regresen a un estado anterior al que tienen ahora?

—Teóricamente, es posible. Pero no creo que podamos esta vez—Jaime tartamudeaba por el nerviosismo—, yo mismo tengo un pequeño implante neuronal para la activación de la memoria. Un BT con software 5.4.1. No, no se preocupen, inhabilité la antena y desactualicé el software de manera manual. Básicamente he reparado el crackeo.

—¿Crackeo?—preguntó Gema—¿Cree que todo esto es un ataque?

—Sí, al principio pensé que era cosa mía porque siempre ando metido en páginas poco recomendables. Sin duda, no legales. Espero que eso no me ocasione ningún problema con su departamento, señora.

Jaime palideció, consciente de lo que había dicho sin apenas pensar.

—No se preocupe. Queremos resolver esto y necesitamos su ayuda. Jaime, has hablado de un crackeo.

—Sí. Como digo, pensaba que era cosa mía. A veces, entre técnicos, nos gastamos este tipo de bromas, interviniendo bioimplantes de manera remota. Chorradas, la grabación de una canción que no puedes dejar de tararear o un tic nervioso durante unas horas. Nada serio, desde luego nada de matar. Pero luego encendí mi monitor y vi las noticias. Vivo solo, así que no he podido hacer daño a nadie, pero para entonces ya me había actualizado y cortado las comunicaciones. Fue en ese momento cuando pensé en un crackeo a gran escala. Lo estaba investigando cuando me llamó el doctor Taba.

—¿Por qué crees que es un ataque?

—Porque usaron la fuerza bruta para entrar, no fue una actualización de la marca BT, sino que vino de un espacio web no autorizado. Y muy bueno, no pude descifrar su origen.

—Gracias, Jaime. Por favor, informa de todo esto a los técnicos, necesitamos que hoy trabajes para nosotros.

El muchacho asintió, y el doctor Taba le acompañó a una mesa con cuatro equipos más de los normales. Gema volvió a dirigir su mirada a la pared ahora llena de flechas y diagramas. Y cientos de caras.

– 30.06.2056  12:03 AM –

—¡Gema! Gema—Su padre la llamaba desde el otro lado de la sala que actuaba como centralita. Tienes que oír esto, lo acabamos de grabar. El doctor Estévez asintió con la cabeza y el policía a cargo del puesto puso los altavoces. Se hizo un silencio parcial en la sala.

«Hola, me llamo David García. Eh…—El silencio ocupó la línea unos segundos—. He matado a una persona, pero creo que ha sido un accidente. Escuché las noticias y salí a la calle a comprar comida y volver rápido al piso. Pensé que no pasaría nada porque en el telediario habían dicho que solo pasaba con los BioTorch superiores a la 4.0. Yo no tengo un BT, pero fui ampliado por el ejército durante un servicio en El Cairo, me pusieron un ojo para térmica. Soy cabo. Pero no es BT, estoy seguro de que es un modelo T.Genetics Eye 5 MHz. No es BT. Creo que también pasa con mi implante eso que han dicho en las noticias. Me he encerrado en la garita de seguridad del supermercado, me ha dejado el vigilante. La dirección es…»

—Está bien, gracias—El doctor Estévez paró la grabación y miró a su hija—. Han hackeado también los implantes del ejército. Gema, esto ya no es a nivel de ciudad, esta grabación nos ha venido de fuera. Creo que alguien usó los servidores de la ciudad para inyectar un virus en BT, usando la potencia de la red inteligente, pero que en otras ciudades lo están haciendo con otros implantes. Tenemos que avisar a la prensa, la gente tiene que desconectar todo.

El doctor Taba asintió con la cabeza en un gesto de comprensión, pero añadió.

—Eso es fácil en actualizaciones estéticas y de baja usabilidad. No pasa nada porque alguien cojee de una pierna o pierda la vista de un ojo momentáneamente pero, ¿y aquellos cuyas funciones vitales pasen por un bioimplante?

– 30.06.2056  1:56 PM –

La reportera  había palidecido en cuestión de minutos. En el estudio apenas estaba ella y otro técnico más para dar la noticia, de la que muchas personas ya sabían el resultado. Se apoyaba en una mesa con graves signos de fiebre.

«Hoy, a las 12:32 PM, la Agencia Estatal para el Control de los Bioimplantes ha lanzado un comunicado de inmediata aplicación, en el que se especificaba que todos los bioimplantes con tecnología inalámbrica para carga externa de software serían inhabilitados de inmediato si estos permanecían activos y en red, debido a problemas con la seguridad global. Han hecho alusión a los incidentes ocurridos en cincuenta capitales mundiales y con un centenar de proveedores de tecnología. Para aquellos que sepan cómo desactivar las antenas de sus implantes, les aconsejamos que lo hagan si no lo han hecho ya. Aquellos que no dispongan de los conocimientos o herramientas para deshabilitarlos, les deseamos suerte.»

Gema cogía la mano de su padre. Doce personas en la comisaría habían fallecido ya tras el apagado inmediato de la tecnología que les permitía seguir viviendo, y dos más se habían quedado ciegos. El doctor Estévez era una de las personas cuyos riñones artificiales funcionaban gracias a la programación en red. Tras cuarenta minutos de apagado, su rostro había cogido una tonalidad pálida y amarilla, y los dolores habían empezado. Sin un trasplante o la reactivación del implante, fallecería en cuestión de horas.

Los técnicos estaban ayudando a otras personas de la sala con problemas similares, y él era el tercero en la cola que se había formado para estos improvisados doctores. El doctor Taba se encontraba en el suelo, muerto, cubierto con una cortina. Su corazón había sido uno de los primeros del mundo en funcionar gracias a la tecnología que él había tratado de difundir durante décadas, y había fallecido en el acto, como muchos de sus pacientes en distintas partes del mundo.

—Estábamos construyendo un mundo mejor, Gema.—Estévez no tenía reparos en mostrar las lágrimas en su rostro.

—Lo sé, papá, yo también lo he intentado.

A las 1:20 PM del 30 de junio de 2056, veinte millones de personas fueron desconectadas de los sistemas de biocontrol que les mantenían con vida o mejoraban sus condiciones personales. Catorce de ellos murieron en el acto. Cinco, en los días siguientes. El millón dos cientos mil pacientes que sobrevivieron lo hicieron en unas condiciones de vida deterioradas. Debido a la extensión del problema, ninguna compañía de seguros indemnizó a nadie.

El 2 de octubre de 2056, la OMS, junto con la Asociación de Bioimplantes –un conglomerado empresarial con las cinco empresas con mayor mercado- lanzaron un nuevo estándar a salvo de crackeos a distancia. Vendieron doce millones de dispositivos durante los tres primeros meses, y sus beneficios siguen siendo incalculables.

A día de hoy, no se sabe nada sobre quién inició el ataque, y ningún grupo lo ha respaldado o reclamado como suyo.

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