Una brillante oscuridad

Golpeaba las paredes, los muebles y, en ocasiones, a las personas. Eran estos últimos los impactos más violentos, sin que ella llegase en ningún momento a tocar a nadie. Bastaba que rompiese un objeto para que, a la distancia de dos habitaciones, a su madre se le partiese un pedazo del alma y que su padre cayese de rodillas, llorando al suelo. Impotentes.

Marcaba los tabiques, y muros de su vivienda, con los arañazos de las manos y la sangre de los nudillos, antes de desplomarse en el suelo tras el ataque. Laura murió como vivió, demasiado llena de oscuridad como para poder ver la luz del mundo fuera de sí. Una luz que, en ocasiones incluso había sido ella quien había encendido con su sonrisa.

Aquél último día se agitó agónicamente por última vez, palpitó su última flema de fuego, y explotó en las cenizas que terminarían por sepultarla. El corazón se le paró de madrugada, y su familia empezó a dejar de llorar el día en que ella murió.

Una brillante oscuridad

El entorno de Laura había sido el lugar ideal para crecer sano, pero desde muy pequeña resultó patente que ella no sería como el resto de niños. Los cambios de ánimo y humor empezaron a muy temprana edad, cuando los primeros amigos empezaron a preguntarse por qué los golpeaba en sus juegos para luego no recordar nada. Y un entorno así hizo precisamente lo que se esperaba de unos padres que quieren a su hija: exacerbaron su condición al desconocer qué la ocurría.

Tratando de calmarla, la pequeña era atada y encerrada durante semanas, solo para observar ataques de ira más pronunciados, salvajes y frecuentes. La furia crecía, apoyándose en la enfermedad, y esta aumentaba retorciéndose sobre la ira. Ambas creciendo juntas, la una junto a la otra. Dentro de aquél cuarto, atrapada entre las paredes que fomentaban la rabia, esta crecía dentro del cuerpo de una niña pequeña.

Cuando los ataques cesaban, y ella era capaz de salir a la calle, un ser demacrado y bondadoso retiraba el velo de la cólera para ver la luz del sol. Sus ojos, poco acostumbrados a la luminosidad, requerían de un parasol para dar una vuelta a la manzana, en ocasiones iluminados por los faroles de aceite. Y su cuerpo cansado pronto caía rendido ante el esfuerzo de caminar sobre el empedrado.

Sin embargo, en aquellos momentos de lucidez, una sonrisa cálida y unos ojos despiertos eran capaces de contrarrestar todo aquello que aquél otro ocupante de su cuerpo había causado con anterioridad. Cando Laura miraba, lo hacía con una bondad profunda y sincera, ajena al dolor que inducía a su familia, incapaz de entender por qué se desmayaba, o de dónde venían las heridas de sus brazos.

—Has estado malita, pero ya estás mejor—mentía su padre mientras la peinaba o curaba sus heridas—. Pronto te curarás—decía con la voz rota.

Laura pasó años brillando para sus padres, sonriendo durante una de cada muchas mañanas y gritando durante todas las demás. Abriendo sus curiosos ojos al mundo cuando los astros se lo permitían, y rompiendo su cuarto cuando no. Su familia empezó a dejar de llorar el día en que ella murió, cuando el corazón se le paró de madrugada. Aquél último día se agitó agónicamente por última vez, palpitó su última flema de fuego, y explotó en las cenizas que terminarían por sepultarla.


Imagen original de Aaron Griffin «Portrait 12». Podéis ver su obra completa en ArtStation y en Deviantart. Sin duda, un artista de un talento enorme.

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