Venganza natural

La hierbafría había atrapado la pierna de Dylan, y tiraba hacia la oscuridad del bosque. Cuando oí los gritos, dejé de inmediato de recolectar para correr junto a mi equipo. Nora y Gabe sujetaban a Dylan con sus brazos, y Nora ya había lanzado su arpón de seguridad, que se encontraba anclado al suelo. Me acerqué rápido hacia los tres y aseguré a Gabe y luego a Dylan antes de cortar el lazo de hierbafría a la cuenta de tres.

Venganza natural

Todos sabíamos lo que iba a ocurrir cuando eso pasase. La planta liberaría su toxina, paralizando a Dylan y obligándonos a cargar con él. Un modo que tenía la vegetación del entorno de cazar a cualquier presa que ayudase a la presa anterior a escapar. Era muy probable que otras raíces estuviesen reptando en nuestra dirección, aunque recé antes de cortarla porque no hubiese sido así.

El machete cayó sobre la raíz y esta salió disparada en dirección a la maleza debido a la tensión con la que trataba de llevarse a la boca a uno de mis exploradores. Dylan comenzó a sacudirse incluso antes de que pudiésemos soltar los anclajes del suelo. Lo levantamos entre los tres y corrimos por el camino abierto a fuego y machete durante años. Los árboles nos observaban a ambos lados, a menos de cinco metros de distancia cada uno, mientras corríamos estrictamente por el medio del sendero, atentos a cualquier resto vegetal que sembrase el suelo. Si cualquiera de nosotros pisaba otro lazo, ninguno lo contaríamos.

Los carros de descenso estaban a veinte metros de distancia cuando vimos varias raíces extenderse en su dirección. Lentas, reptando por el suelo en busca de la presa que había escapado, avanzaban cubriendo la entrada del bosque.

—¡Más rápido!—Nora guiaba al equipo, cargando a Dylan por las piernas. La raíz cortada aún se encontraba enroscada alrededor de su cuerpo inmóvil.

Corrimos y llegamos al primer carro diez segundos antes de que las raíces abordasen el segundo. Eso nos daba casi un minuto para subirnos, pero no tardamos ni la mitad. Nora y Gabe subieron a Dylan a la parte posterior mientras yo liberaba los tacos. El carro empezó a avanzar de inmediato por nuestro peso acumulado, pero Gabe empujó hasta que hubo ganado cierta velocidad.

El carro era simple. Seis ruedas y una barra que actuaba como dirección y con la que podía ganarse casi diez grados en cada dirección. Mucho más de lo que necesitábamos para bajar por el ya transitado camino de tierra.

Bajábamos hacia el valle a toda velocidad, conscientes de que nosotros tres ya habíamos pasado el peligro. Dylan, sin embargo, necesitaba una intervención médica inmediata si no queríamos perderlo.

Tardamos apenas diez minutos en llegar al río, donde un trineo empujado por una antigua línea de telesillas que habíamos restaurado hacía unos años nos esperaba. Gracias a esta línea éramos capaces de subir al puerto en apenas media hora en lugar de ascender durante toda la mañana. Esa segunda opción nos habría obligado a quemar el cuerpo de Dylan, como lo hemos hecho en tantas ocasiones con aquellos que se han infectado.

La montaña es nuestro hogar, el único que no intenta matarnos con lazos de hierbafría o cáñamo explosivo, y el valle interior es el único refugio donde a los seres humanos no se nos caza. El bosque ha intentado varias veces cruzar el río, pero crece demasiado despacio como para lograrlo. Y no puede ascender montañas sin que lo quememos antes con brea.

En ocasiones, parece que incluso piensa sus acciones. Hace unos cuantos meses descubrimos las enredaderas depositando una bolsa de semillas en el carro de ascenso. Desde entonces, el protocolo es registrarlo todo constantemente. Las montañas, las mochilas, nuestros cuerpos.

El carro ha ascendido la mitad de la montaña cuando nos hemos cerciorado de que está limpio. No hay semillas, ni espinas, no hay ni una brizna de vegetación. De momento, estamos a salvo.

Notamos el frío de la montaña al llegar a la cima, donde el carro se detiene y Harly, el vigía que ha arrancado la maquinaria de ascenso y que nos ha preparado la dresina, nos ayuda a bajar a Dylan. Su cuerpo está helado y tenso, pero aún respira débilmente, y sus pupilas se mueven un poco. Es suficiente, parece que vivirá después de todo.

Nos montamos de nuevo los cuatro en la dresina de descenso rápido del otro lado de la montaña y Harly libera la palanca de anclaje. Este vehículo no es como los anteriores. Está hecho de metal en lugar de madera, y corre seguro por unos rieles que en la época de la civilización subían un tren de cremallera hasta un café en lo alto. Ahora servía como lanzadera por si volvíamos con un infectado, y dejaba en el fondo del valle, junto a la aldea, en menos de dos minutos.

El valle se hacía grande por segundos. Las cabañas, los cultivos y los pocos animales que conservábamos cobraban definición cada metro que bajábamos a toda velocidad. La dresina estaba forrada en su interior con cojines de paja para evitar los golpes en la deceleración. Eso era aún algo en lo que estábamos trabajando. De momento, se frenaba mediante dos sistemas.

El primero era la palanca que ya sujetábamos entre las manos y que requería de varias personas para accionarla. A la de tres, comenzamos a tirar hacia arriba, y una estela de chispas nos siguió mientras pasamos junto a Glenn. El anciano iba corriendo a apagar los posibles incendios que la dresina fuese generando. Nos juntamos en el centro, protegiendo el cuerpo de Dylan, para embestir contra la segunda medida de freno: cinco tirantes que cruzaban la vía y que habíamos construido con telas, pieles y tendones de animales.

Cuando la dresina embestía contra uno de ellos, se tensaban absorbiendo la energía hasta que uno de los dos lados se soltaba antes de romper, y el pesado vehículo de metal seguía avanzando hasta la siguiente. Una vez hubimos atravesado los cinco niveles, el vehículo llegó a la zona con agua que terminó por detenerlo veinte metros más allá. Esta superficie de agua, de tan solo diez centímetros de profundidad, era el freno definitivo que enfriaba la parte inferior de la dresina.

Nos habíamos terminado de bajar, y estábamos cargando el cuerpo de Dylan, cuando los primeros vecinos comenzaron a llegar.

—¿¡Hierbafría!?—me gritó uno de los jóvenes del poblado. Apenas tuve tiempo para asentir cuando ya le vi corriendo para dar el aviso en la enfermería.

Llegamos un par de minutos después, con Dylan en estado comatoso. La espuma le había empezado a llenar la boca y los arañazos de la planta empezaban a cubrir de verde su piel. Ya había comenzado el proceso, la hierbafría había liberado sus esporas y estas, fecundadas,  habían comenzado a devorar su cuerpo. Quizá fuese tarde.

Gladis nos recibió con el afilado cuchillo en la mano, y empezó a cortar la piel antes de que hubiésemos desnudado a Dylan por completo. Sobre la piel cortada, el joven que había corrido a ayudar aplicaba con guantes un ungüento que en una ocasión me calló en el pie, haciendo que me desmayase por el dolor. El ácido se comía la superficie de la piel, eliminando la infección y dejando en su lugar una quemadura.

Cuando Gladis hubo terminado, abrió una despensa en el suelo y sacó una jeringuilla a baja temperatura. Junto a ella había un bote con líquido espeso. Un destilado de la sangre de un determinado tipo de ardillas. Todos los que salíamos a explorar comíamos esas ardillas para frenar la infección. De lo contrario, la persona moría en cuestión de minutos. Llenó la jeringuilla y se la introdujo a Dylan por debajo de las quemaduras.

Salimos de la enfermería para ver que el resto del pueblo esperaba fuera. Solo aquellos con tareas críticas permanecían aún en sus puestos. Los demás estábamos con Dylan. Rezando, suplicando en silencio que no hubiese sido demasiado tarde. Todos con la memoria de mi hermano, el último en morir infectado, en la cabeza.

Permanecimos allí varias horas, luchando contra el frío que comenzaba a avanzar con la caída del sol, hasta que el humo empezó a salir de la chimenea. Varias personas estallaron en lágrimas y alguna de ellas incluso calló al suelo de rodillas. Sin duda, alguien de la familia de Dylan. Gladis salió de la enfermería con lágrimas en los ojos y negó con la cabeza lo que ya algunos habíamos aprendido a interiorizar en el momento en que el humo salía de la chimenea. La infección se había extendido demasiado, y dejarlo vivir nos ponía en peligro a todos.

Sabíamos lo que ocurriría. Durante un par de días, Dylan parecería mejorar. Volvería a trabajar, volvería a reír, se relacionaría con la gente. Al cabo de un tiempo, su piel se tornaría verde y sería muy difícil de romper, pero él se sentiría bien. En menos de dos semanas comenzaría a tener un comportamiento violento y trataría de morder a otros de la comunidad, liberando las esporas que ya habrían empezado a crecer en su boca y que una semana más tarde lo matarían, convirtiéndolo en el abono que requería la planta para vivir.

La naturaleza se estaba vengando. Al menos eso es lo que decía el abuelo. La naturaleza se había tomado la libertad de liberar al mundo de su mayor plaga. Y lo estaba consiguiendo. Estaba obteniendo su venganza.

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