Viajar en una obra de arte

Histérico, me agarra con tanta fuerza que me rasga el traje y abre una brecha de sangre en mi hombro derecho. El hombre está hecho una fiera, y grita, llora y gime mientras flotamos juntos en mitad de la nada. Claramente alterado por un largo periodo de sueño, y confuso, trata de agredirme por razones que ni él mismo entiende. Le golpeo en la cabeza y pierde el conocimiento. Flotamos abrazados durante unos minutos mientras observo todo el líquido de su criotubo y los cables que aún afloran de él y unen su cuerpo. En la etiqueta se lee un nombre. Padre Juan.

Cartel Viajar en una obra de arte

Día setenta y cinco

Esto no es una nave, pienso mientras entro por primera vez por el área de almacenaje. No se trata de una herramienta para transportar carga y personas de un planeta a otro. Viajamos en una obra de arte concebida por mentes superiores a la nuestra, y más antiguas.

Es mi tercer mes a bordo de la Ecclesia y soy incapaz de entrar en criosueño. He hablado con la exigua tripulación, quienes parecen contentos de tenerme entre el pasaje, para no hibernar durante parte del viaje. Al consumir su aire me veo obligado a efectuar algunas de sus tareas durante el vuelo, pero las realizo contento justo antes de lanzarme a los infinitos pasillos del navío.

Cuando me embarqué en la nave no sabía que me iba a encontrar dentro de un museo de siglos de edad. Incluso en el área de carga, reformada para ser eficiente, quedan vestigios de la joya que fue la nave. Pensaba que solo sería vieja. Pero este arca es vieja, y es historia. Las cientos de cámaras y los miles de pasillos y recovecos me han atrapado dentro.

Recorro sus salas vacías de gente, luz y calor con una linterna en la mano y una frontal. Me protejo con una termopiel de unas micras de grosor, suficiente como para aislarme de una atmósfera baja en oxígeno.

Aunque prefiero recorrer los pasillos de los cinturones de lo que en la Tierra serían las naves laterales, en ocasiones me deslizo cerca del crucero central, ingrávido, en el que floto durante horas, pegado a los frescos de las paredes con mis impulsores sin más objetivo que disfrutar de la vista. La terminología en la que me muevo es compleja, ya que gran parte de los nombres que se les da a los diferentes espacios tienen nombre de embarcación. Pero, claro, cuando se bautizaron los volúmenes de una iglesia nunca pensarían en botarla en el mar. Menos por encima de la atmósfera, entre mundos.

La Ecclesia es una joya por sí misma, concebida en un momento de prosperidad y expansión. Ayer descubrí toda una sección lateral con lo que parecía un museo a su memoria, y he tratado de catalogar todos los registros posibles. He preguntado a la tripulación, pero desconocen el origen de la nave. Ellos solo trabajan allí. La nave fue vendida hace cincuenta años a una empresa de transporte, y ellos han hecho poco por documentar el hallazgo. Ahora, circula en el carril entre Tierra y Eolo una vez cada diez años.

Día ochenta y dos

Me planteo seriamente si permanecer despierto todo ese tiempo mientras observo una serie de maquetas que muestran cómo fue la construcción en el dique sobre Europa, la luna joviana. Según todos los carteles que localizo sobre la exposición, la Ecclesia se construyó por orden expresa del Vaticano, una ciudad propiedad de una secta en recesión que vivió tiempos mejores. Si la información de los grandes letreros no está desfasada, que es lo más probable, entonces la nave cuyos pasillos recorro es la única iglesia construida en el espacio con el fin de ser una iglesia móvil.

Por supuesto, en muchas naves de la antigua Federación todavía existen pequeños espacios de culto para unas pocas decenas de personas, pero estos son estancias sombrías, grises y con poca ornamentación. La Ecclesia tiene estatuas y esculturas por toda su superficie interna, y es difícil en ocasiones determinar qué partes de la estructura son de ingeniería y cuales pertenecen al arte. Supongo que en la misma tesitura se encontró el comprador, quien se limitó a mejorar la propulsión y reformar el área de carga.

La construcción de este gigante data del momento en que Eolo, Bresse y Enez fueron descubiertos, cuando las grandes arcas fueron lanzadas con humanos dentro en pos de un futuro para la humanidad. La iglesia también quiso su granito de cielo, y lanzó algunas naves seminales con miles de creyentes dentro. Pero pronto las ideas sobre los dioses monoteístas fueron desechadas de la mente de los humanos. Los carteles de la exposición apenas relatan esto último.

Me gusta esta muestra. Encerrada entre columnas de piedra blanca –nunca había visto una nave construida con piedra- recorría cinco largos pasillos que desembocaban en la plaza esférica que daba lugar al crucero. De ahí al ábside tan solo había un par de cientos de metros de ingravidez.

Dirijo mi linterna a los frescos del techo. En esta sección de la nave, el techo está bien definido gracias a la gravedad artificial creada por la nave al girar, y la exposición al completo se haya a salvo del caos. Por mi mente se cruza la idea de lo que hubiese sido una exposición en cero g, y lo apunto en mi portátil mientras avanzo. Tras tres meses, he inspeccionado casi un cuarto de las salas de la nave, pero tan solo he pasado por ellas. Calculo que, si quiero verlas todas al detalle, tendré que realizar también el viaje de vuelta, y habré envejecido veinte años.

Cada vez que pasa por mi mente me cuesta pensar que estoy aquí dentro. En algún momento de hace trescientos años, alguien puso la financiación para que miles de artistas decorasen una enorme nave ya cara de por sí. Y, al parecer, no hay ningún registro de ello. He mirado el Cortex, ya que aún estamos en rango con los datos terrestres, pero no hay información sobre la nave. Nada. Nada sobre sus miles de cuerpos de mármol, sobre sus tantos oleos o frescos, ni sobre los murales ni dibujos con teselas.

Es cierto que pocos se darían cuenta de mi marcha en caso de permanecer aquí las próximas dos décadas, pero no me parece una idea atractiva. He dibujado un calendario en función de lo que he visto en la Ecclesia. Destinaré los próximos dos años a registrarlo todo con el equipo que poseo, aunque tendré que comprar todos los contenedores de espacio digitales a los miembros de la tripulación, o canibalizar partes de la nave. Algo que solo haré en caso extremo.

Día ciento seis

Recorro unas de las cámaras interiores de la nave, cerca del claustro. El acceso desde el interior de la misma se realiza a través de pequeños pasillos de servicios poco decorados, pero que cada varios metros poseen un fresco o grabado que me obliga a pararme, fotografiarlo y seguir. Aquí, la gravedad es casi nula ya que no hay giro.

Entro en un pasillo más grande, perpendicular al anterior y cilíndrico. A los lados, pequeños círculos circulares muestran nombres, y me recuerda a las criptas terrestres. Quizá me encuentre en algún tipo de mausoleo, pienso ingenuamente. Me acerco a uno de los contenedores, donde se puede leer simplemente «Jose».

Día doscientos

Jose, uno de los tripulantes originales de la nave ha despertado a los otros de su criosueño. Dos de ellos han muerto, pero aun así superan en dos a uno a la actual tripulación, e insisten en tomar rumbo a la Tierra. Todos están sorprendidos de que no se los despertase en su momento, y nos piden explicaciones sobre lo que ha ocurrido.

Nosotros no solo no podemos dárselas, sino que, además, no podemos insistirles en que vuelvan a los nichos de sueño. Dice el médico que no es recomendable que entren en criosueño nunca, pero que si resulta necesario lo hagan cuanto más tarde mejor.

Ahora la tripulación de la Ecclesia es de veintitrés miembros, contándome a mí. Registro todas las conversaciones posibles con la tripulación original, que se ha instalado en la cubierta B, en sus antiguos camarotes. Por supuesto, ninguno de sus efectos personales se encuentra aquí, y hemos tenido que vestirles con la ropa que almacenaba uno de los contenedores.

Hemos enviado nuestra situación a la Tierra a través del tren de naves. De la Ecclesia, la señal llega a la Nueva Sonrisa, y esta lo rebota hacia la Esperanza, en órbita junto a Plutón. Aun así, ya hace semanas que enviamos los primeros reportes y no obtenemos contestación. La radio solo emite silencio.

Día cuatrocientos veinticinco

La tripulación ha empezado a morir por los ataques. Desde hace siete días, una nave no identificada bombardea la cubierta externa de la nave. Esta, al parecer, se construyó de modo que pudiese resistir los impactos.

No es así con el arte que contiene. Todo el espacio interior está repleto de cerámica, yeso y mármol en pequeños y grandes cristales a la deriva. Varias brechas se han abierto en el extremo sur que hacen girar a la nace en una nutación que nos arroja contra las paredes y me ha obligado a caminar sobre cuadros.

No sabemos por qué nos atacan, aunque la tripulación original sabe algo que no me quieren decir. Cuando les pregunto se hacen los ignorantes. Van a matarnos, y puede que estos datos sean los únicos que sobrevivan. Los he encerrado en los antiguos compartimentos de hibernación, donde yo mismo me he metido. Toda la estancia parece diseñada a modo de búnker. Quizá dentro de otros trescientos años alguien me despierte a mí mismo.

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