Voces

«Gerald oía voces. Resultaba un hecho irrefutable y compartido, porque Gerald no era un loco. Gerald oía voces de verdad.

A diferencia de los perturbados necesitados de fármacos que se deslizan a través de toboganes de locura directos a la incomprensión pública, a Gerald le entendía todo el mundo cuando estas hablaban. Porque, cuando Gerald oía voces, aquellos que estaban alrededor las oían también.

voces

Bastaba con acercarse lo suficiente como para que los susurros empezasen como una voz callada junto al espíritu de quien prestaba sus oídos a la experiencia. Y, según avanzabas hacia él, las voces resonaban más altas y nítidas, como quien escucha la voz de quien se encuentra tras de uno en un local abarrotado de gente y se da la vuelta para verle la cara.

Pero al girarse tras escuchar las palabras, uno percibe que no hay nadie. Nadie detrás, nadie alrededor. Y las voces que le rodean siguen hablando

El profesor hizo aquí una pausa y observó a los alumnos.

—Y, ¿de qué hablan esas voces? —preguntó uno de ellos, con los ojos muy abiertos a causa de la expectación del relato del profesor.

—¡Oh! Pues de todo un poco, supongo. —Este se puso en pie para estirar las piernas agarrotadas por la lectura, y dejó el libro abierto boca abajo sobre la mesa. Sus páginas observando la oscuridad que proyectaban sobre la madera verde lisa, y las voces de sus letras, mudas al no encontrar oídos que persuadir—. Suponed por un momento que oís una voz cualquiera, de una persona cualquiera del planeta, en vuestra cabeza. Y que esta transmite ese mismo sonido a las que están alrededor.

Tras un par de risas quedas, algunos alumnos trataron con esfuerzo de visualizar aquel sonido del que les hablaba el profesor. Pero la mayoría de ellos seguían observándole en silencio, ignorando la clase de literatura y esperando que esta terminase.

Daniel no enseñaba para los niños que no atendían. De hecho, y en contra de la junta de profesores y padres que andaban tras él desde hacía tiempo, había tenido mucho cuidado de ordenar a los alumnos por el interés que mostraban en sus lecciones. Delante se encontraban los alumnos y alumnas con los ojos despiertos, y detrás aquellos pobres diablos futuros peones de los otros.

—¿Quién ha imaginado algo? ¿Quién quiere compartirlo? —Interrumpió sus pensamientos.

Un par de muchachos levantaron la mano. El profesor asintió a la más cercana.

—¿Podría ser en otro idioma? —preguntó ella—. Las voces, digo. Como escuchar a un chino en tu cabeza o algo así.

Varias risas despertaron antes de ser acalladas por el profesor levantando las manos como quien pide una tregua.

—¡No, no! ¡Es una buena pregunta! Imaginaos que oís voces en vuestra cabeza, y que otros las oyen cuando estáis cerca. Ya resulta bastante frustrante el oír conversaciones que no os pertenecen como para, encima, escuchar algo que ni siquiera se sabe lo que es. A lo mejor es una conversación entre familiares, una reunión de trabajo, o una discusión política. Teniendo en cuenta que casi nadie en el mundo (comparado con la población de nuestro país) habla nuestro idioma, ¿no sería más probable escuchar algo ininteligible que algo coherente y reconocible?

—A lo mejor oímos ladridos —dijo alguien de las filas intermedias, haciendo que la clase despertase un poco con más carcajadas y una aprobación velada por la sonrisa de los ojos del profesor.

Este dio luz verde al alumno que antes había preguntado cuando la clase volvió de nuevo al silencio.

—¿Qué pasaría si nadie se hace cargo de la voz? —El alumno titubeó. Resultaba evidente que se estaba exponiendo con sus ideas al resto de la clase—. Quiero decir, si al preguntar a la gente sobre la transcripción de lo que… Gerald oía (a la gente de todo el planeta) se dan cuenta de que nadie ha dicho nada parecido?

—Otra buena pregunta, sin duda. ¿Dónde está la fuente? ¿Dónde está el emisor? ¿Cuándo está el emisor? Puede ser de otro tiempo. ¿Sabemos siquiera si existe o es fruto de la cabeza de Gerald, el protagonista? —Se oyó un sonoro bostezo por parte de un alumno de la parte de atrás de la clase y el profesor le ignoró, bajó la voz y miró a un par de alumnos a los ojos—. ¿Queréis que siga?

Cuatro voces dijeron , el resto guardó silencio. El profesor volvió a la mesa, levantó el libro de la esquina, sentándose él sobre su canto, e iluminó las hojas de nuevo con su voz:

«Pero el hecho de que Gerald no estuviese lo suficientemente loco como para oír voces debido a ello no significa que no fuese a serlo nunca gracias al sonido que estas despertaban en su cabeza. Y el que la gente comprendiese a Gerald tampoco requería que no hubiese una incomprensión total hacia su persona.

Gerald pronto se convirtió en una atracción solitaria en horario comercial, de lunes a viernes, y en una persona más abandonada aún el resto del tiempo. La gente acudía de muy lejos para situarse a su lado, y escuchar. Luego se marchaban, de nuevo lejos, para evitar oír las ocasionales voces de la cabeza de Gerald.

Las voces no siempre estaban allí para ser escuchadas. Había semanas que clientes frustrados decidían demandar a la empresa que explotaba las voces como una atracción y a Gerald como persona; y semanas en que el parloteo era incesante y tal en ruido que era imposible que nadie quisiese acercarse demasiado, inclusive previo pago.

Gerald estaba solo con sus voces, sin que nadie desease aproximarse demasiado.»

Hubo un murmullo en la clase cuando el profesor dejó de leer el párrafo.

—Guau. —El profesor guardó unos segundos de mudez—. ¿Os imagináis vivir así? Atrapado con unas voces en la cabeza sin poder sacarlas de donde están. Prisionero fuera y lejos de la sociedad que no quiere oírlas salvo por esa curiosidad morbosa con la que observamos a los mendigos. Un limbo difícil, ¿no creéis? ¿A alguien le suenan las historias de Sísifo, Tántalo o Prometeo?

De nuevo, varios alumnos asintieron, esta vez con más mesura. En sus ojos se veía reflejada la ignorancia alumbrada por el deseo de saber más sobre el tema.

—Estos tres personajes de la mitología griega hicieron algo, y fueron castigados para la eternidad por ello. Sísifo a empujar una piedra que caía por una montaña, muriendo siempre de fatiga sin poder descansar; Tántalo a que las aguas bajasen cuando quería beber y las ramas de un árbol de fruta subiesen cuando trataba de comer, muriendo de hambre para la eternidad; y Prometeo fue encadenado a una roca para alimentar a un águila con su hígado regenerativo (dado que era inmortal) cada día, retorciéndose de dolor todos los días.

Otra vez el silencio reinaba en la clase. Aquel profesor conseguía enseñar literatura de un modo que atraía y hacía sentir la lengua viva, a diferencia de todos aquellos maestros que habían tenido previamente y que habían conseguido destilar pestilencia hacia la palabra escrita.

En el aula, el maestro conseguía que reinase el pesimismo de aquellos castigados por los dioses, y las neuronas de los oyentes trabajaban por buscar una relación con el personaje del relato corto.

¿Qué habría hecho Gerald para escuchar sus voces?

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