Voy a matar a otra persona hoy

He vuelto a sentir el impulso de matar. Hoy, a las tres de la madrugada y once minutos, me he vuelto a desvelar con sus caras en el recuerdo, y el pálpito que me pide que volvamos a hacerlo de nuevo. Mi otra parte desea volver a sentir cómo muere alguien, mientras yo trato de hacer de ancla en esta locura.

voy a matar a otra persona hoy

«De haber sabido que la gente a la que he asesinado volvería a mí de esta manera, quizá no lo hubiese hecho. Al menos, no de ese modo. Demasiada sangre. Demasiados cadáveres con los ojos auditando la última escena. Enfadados con aquél que les dio muerte uno por uno»

—¿Has dicho algo, cariño?—me susurra mi mujer al oído mientras me abraza y yo fijo mis ojos a un techo oscuro. Casi negro. Está lo suficientemente oscuro como para no apreciarse el color. Al igual que toda esa sangre que gotea, en forma de tinta, dentro de mi memoria.

«Necesito salir de aquí»

Retiro su brazo y salgo de la cama sin meditar. Suelo hacerlo una vez al día. Me siento, miro por la ventana y pienso. Pero esta noche ya tengo demasiado en la cabeza como para pensar, y tratar de visualizar el vaciar mi mente solo la volverá tan oscura como el resto de la habitación.

«No. Mejor demos un paseo»

Beso a mi mujer en la frente y entro al vestidor. Este cuarto habría sido el de la pequeña si se hubiese atrevido a nacer, pero Carol tuvo un aborto. Tras eso, decidimos que era mejor que Luis no tuviese un hermano. Él, por supuesto, no sabe nada, aun hoy. Pero cada vez que entro al cuarto, las mismas imágenes vuelven a mi cabeza.

«Joder, Jonathan» pienso «¿Es que solo puedes darle vueltas a lo que ya se ha ido?»

Sin duda, parece ser así. Me visto y bajo las escaleras hasta el primer piso. Cojo la chaqueta, me calo el gorro y salgo al frío del invierno. No debería haber demasiada gente ahí fuera a estas horas, aunque siempre se acaba uno encontrando un perro meón y unas zapatillas deportistas. Y a sus amos, persiguiendo a ambos con la boca abierta.

En efecto, el frío pronto empapa mi ropa poco adecuada para pasear entre la bruma. Disponía de todo un armario y he acabado saliendo con la ropa más pesada para esto. Pronto, las microgotas de agua, adheridas a mi ropa, forman un manto pesado de agua que me rodea y me hace toser varias veces.

El frío se ha metido en mi cuerpo, y percibo cómo mis pulmones vuelven a hacer ese sonido. Un pitido, indicando la falta de oxígeno. Siento la tentación de encender un cigarro, y por suerte hace años que no hay ni uno en casa o hubiese vuelto a caer. Me hurgo los bolsillos mojados, sabedor de que ahí tampoco hay nada.

«Fantástico»

Giro en redondo a dos kilómetros de mi casa y vuelvo hacia ella. Cuando lo hago, mi ropa pesa el doble y mi mono se ha vuelto estratosférico.

Entro a casa, indignado conmigo mismo, sin poder evitar sentir la frustración del fracaso futuro. Sé que no debo hacerlo. Sé que mañana será peor. Soy perfectamente consciente de la ironía. Dicen que un fumador siempre es un fumador, ¿no? Pues bien, yo también soy escritor, y la nicotina de las muertes que desato en mis libros me visitan por las noches. A primera hora para ser escritas, de madrugada cuando sus ojos reclaman mi sueño y me mandan de nuevo al ordenador.

Me siento delante de este y empiezo a teclear un personaje, una historia, una vida. Dentro de ochocientas palabras habrá muerto. Lo habré matado. Uno más a la cuenta.

Otra noche sin dormir.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *