Ya han despertado

Los miro asesinar humanos a decenas y no puedo por menos que preguntarme ¿Por qué? ¿Qué les hemos hecho? ¿Qué le hemos hecho a nadie?

ya han despertado

 

Las formas, de cantos bien redondeados en los dibujos que mi abuelo me cedió, los mismos que ahora corren al viento sobre la hierba, han desplegado sus cuchillas y despedazan a mi grupo de amigos –a mi familia– delante de mis ojos.

Los exferos avanzan rápido, mucho más que un humano, y hasta ahora tan solo haber estado en grupo nos protegía de ellos. Mucho más altos que nosotros, y de dura piel metalizada, solo teníamos una defensa contra ellos. Una superioridad numérica ahora diezmada por las jaurías que corren entre los árboles del claro.

No los veo desde aquí, pero puedo escuchar sus cuchillas afiladas chocar unas contra otras, y las pisadas de sus patas atravesando la hierba fría de la mañana de invierno. El sonido que provocan al batir sus cuchillas todos a la vez es estremecedor. Debe haber miles de ellos entre los árboles, y los pájaros hace tiempo que han salido volando.

En mitad del amplio claro solo hay siete exferos, y han sido capaces de matar a más de cinco de nosotros mientras nos batimos en retirada. Mientras nos arrinconan. El resto los mantenemos a raya con nuestras lanzas, hondas y espadas cortas. Y nuestros escudos de hierro y madera. Somos doscientas personas en la explanada que dejan los árboles, y nunca nos hemos enfrentado a más de tres de ellos juntos.

Nos preguntamos qué hizo que nos atacasen cuando lo hicieron, por qué despertaron para ayudarnos, y de dónde vinieron cuando ocurrió. Doy la orden, a voces, y una andanada de veinte flechas atraviesa al exfero más cercano, que tiene las cuchillas extendidas hacia el grupo. Lo tira al suelo, y cae de espaldas, sobre su caparazón. Dos personas con espadas cortas se abalanzan sobre él para terminar por destruirlo. Le cortan en una decena de pedazos, alguno de los cuales sigue moviéndose con espasmos involuntarios de su maquinaria oxidada pero letal.

El fluido que los mueve, de un azul correoso, cae sobre las hojas del cuaderno que suelo llevar, y en las que se tomaron las palabras del abuelo de mi abuelo, cuando los exferos aparecieron.

Han llegado al mundo entre relámpagos, a falta de un elemento mejor para definirlo. Es la peor tormenta de la que se han tenido registros, y todo se ha quedado frito. No funciona ni un solo aparato, y la electricidad parece hoy, con el sol, un elemento arcaico. Ha pasado una semana desde que todo en la Tierra se apagó, y suponemos que es en parte por las esferas que bajaron del cielo con los rayos azules.

Hace seis noches, durante la tormenta, hubo momentos en los que ver algo resultaba un absurdo. Lo único que podíamos hacer era taparnos los ojos para que los destellos de los rayos no nos friesen la visión. Nos consta que gran parte de la población es ahora ciega, o está perdiendo la vista. Los abandonamos a su suerte cierta porque tememos que nos arrastren con ellos al hambre y al frío.

Es invierno, por lo que quemamos todo lo que encontramos para sobrevivir, y caminamos a diario hacia el sur. Varios han muerto a causa de la hipotermia, y han sido abandonados. Andamos todo lo que podemos. Por suerte, el grupo de cincuenta personas con el que me muevo ha localizado ropa de abrigo y botas. Y aún no ha empezado a nevar.

Allá por donde nos movemos, las formas esféricas que palpitan nos acompañan. Están clavadas en el suelo allí donde los rayos las incrustaron. Durante un tiempo, unos días, humearon vapor hasta que se enfriaron en nuestra atmósfera, pero aún hoy palpitan con un sonido apagado, y un brillo nocturno característico. Las hemos bautizado exferos, y tienen cortes en su superficie que parecen adaptarse a que algo salga de dentro. La gente les tiene miedo, y se aleja de ellas.

El texto se corta ahí donde la sangre del animal muerto empapa las páginas. Páginas que han sobrevivido más de cien años y que vuelan aún por el campo de batalla como vuelan las vidas de mis amigos.

Desde donde estoy veo cómo uno de los exferos ha desplegado sus pinzas y atraviesa a una chica joven en el vientre. En lugar de matarla, la arroja contra el grupo, tirando a varias personas al suelo que pronto se disponen a ayudarla. Es la naturaleza humana, podemos matarnos entre nosotros hasta que otro viene a pisotearnos. En ese momento arranca un espíritu de ayuda mutua nunca antes visto.

Las tres personas que atienden a la moribunda no se dan cuenta de que dos exferos más han salido del bosque, y que corren hacia ellos.

Dejo caer la espada mientras cientos más salen a tropel tras ellos. Sobrevivir es imposible. La espada se queda horizontal en el suelo en lugar de clavarse en la dureza fría de la mañana. Contemplo el macuto abierto a diez pasos de mí, allí desde donde las páginas vuelan por toda la explanada. En alguna de ellas, mi abuelo relata el momento en que los exferos se abrieron.

Se han oído explosiones en todo el mundo, al parecer, desde hace meses. Aquí y allá los exferos se agrietan, crujen y revientan con una explosión contenida. Luego vibran, se despliegan y empiezan a andar.

Como apuntaban las notas de mi abuelo, el palpitar de sus carcasas encerraba vida, pero hasta la mañana de ayer no hemos sabido qué clase de vida era. Son enormes, del tamaño de uno de esos vehículos oxidados de los que hablaba mi padre y que ahora come la naturaleza. Aparentemente, inofensivos y dóciles. Trataré de describirlos.

Cuentan con dos pares de ojos, unos frontales y otros laterales, todos anaranjados, que nos observan con una franja vertical más oscura. Parecen ver bien en la oscuridad y penumbra, y son rápidos y fuertes.

Están tumbados como puede estarlo una hormiga, cuando caminan o corren, y lo hacen sobre cinco patas metalizadas que conservan partes de la carcasa del huevo de donde salieron. Todo su lomo es del mismo material, mientras que la parte de abajo y vientre parece más blando. Aun así, es duro y rugoso al tacto. Parecen mantir religiosas sin cabeza, ya que esta parece estar integrada en el torso.

Hemos conservado su nombre, y les hemos llamado exferos. […] Hace unas horas ha ocurrido algo raro. Tras observarnos limpiar carne, uno de ellos se ha acercado al grupo de limpieza y, extendiendo dos brazos más que no habíamos visto –ocultos entre sus pliegues– han desplegado manos de tres dedos acabadas en cuchillas romas con las que han despedazado y limpiado la carne en minutos. Otro exfero más ha venido conduciendo una pieza de ganado que creíamos haber perdido hace días, y un tercero ha traído sobre su caparazón varios kilogramos de frutas.

Sean lo que sean, parecen querer salvarnos de este nuevo invierno.

Es una lástima, pienso, que no me haya dado tiempo a escribir mi historia desde que los exferos empezanron a masacrarnos hace meses.

Los miro asesinar humanos a decenas y no puedo por menos que preguntarme ¿Por qué? ¿Qué les hemos hecho? ¿Qué le hemos hecho a nadie?