Yggdrasil: el primero de los túneles

La respiración del túnel se hace patente una vez dentro, incluso a través del traje aislante. Lenta y milenaria, una débil brisa de aire confusamente poco viciado nos rodea y sigue hacia atrás, hacia la salida. Hemos recorrido ya dos kilómetros de este agujero oscuro con nuestros pesados y molestos trajes, y el espacio parece seguir hacia delante, hacia el infinito.

Cartel «Yggdrasil el primero de los túneles»

El túnel llamado Alfa mide casi ocho metros de diámetro, y sus paredes son tan lisas como lo pueda llegar a ser un material. Nuestros expertos en materiales y gemólogos insisten en que el material es imposible. Y, sin embargo, lo estamos pisando mientras avanzamos más y más hacia el interior de lo que sea este lugar.

Hace cinco semanas, una roca de cien metros de diámetro cayó sobre la playa de Olivia, enterrándose parcialmente en la Bahía de Kelley, en Texas. Ni impactó ni levantó la nube de cenizas que predijeron los observatorios de la costa este de Estados Unidos. Solo cayó, como si la hubiesen soltado desde veinte metros de altura.

La masa, con una forma compacta y ligeramente esferizada, contenía una única entrada al interior, sepultada por el barro. Tras precintar cien kilómetros a la redonda y sondear el terreno, los científicos militares entre los que me encontraban descubrieron la entrada, de ocho metros de diámetro, a cinco metros por debajo del nivel de la arena. Las obras terminaron dos días después, y se levantó mediante grúas y calzadores una masa que parecía pesar mucho menos de lo común para algo tan grande. Empezamos a explorar el túnel, con más de cien metros de largo.

Nuestras pisadas, lejos de resbalar ante el material, comportamiento que pedía nuestra vista, se anclan a la perfección en un suelo con muy poco deslizamiento. Vamos dejando un reguero de cables de arrastre, y mantenemos contacto constante por radio, reportando cada veinticinco metros con las diferentes lecturas halladas. Reportamos presión, composición atmosférica y temperatura, señales de radio, luminosidad, y otras cien variables que no comprendo. Cada esa distancia, situamos un farol que refracta la luz sobre las paredes, creando contornos a nuestro alrededor que huyen ante los tres focos que llevamos.

Las paredes del túnel parecen moverse como lo haría el hielo, e incluso de vez en cuando pensamos oír los crujidos de un glaciar, solo para solicitar apoyo externo que confirma nuestra imaginación.

—Control, ¿habéis oído algo?—pregunto mientras me detengo, levantando el brazo derecho para que se detenga mi equipo y alumbrando con la linterna a los metros que tengo delante. El túnel me pone nerviosa. A mí y a mis chicos.

Dan, a mi derecha, es el mejor tirador que han podido darme. Francotirador del ejército mexicano, sería capaz de dar a cualquier cosa que se mueva a quinientos metros. Si pudiésemos ver a quinientos metros, claro. Lejos de ser el francotirador estándar, el tipo no deja de hablar y contar estúpidos chistes que nos distraen de este tétrico lugar. Hemos hecho los dos kilómetros que tenemos a nuestras espaldas en este túnel de cristal, recorriéndolo hacia delante y hacia atrás varias veces, y es imposible que Dan mantenga su boca cerrada más allá de dos focos. Según el equipo de psicólogos que nos asesoran a diario, esto es bueno.

—Yo no he oído nada—contesta Kail, un operativo ruso cedido con amplia experiencia en espeleología y rescate en lugares cerrados, así como combate cuerpo a cuerpo y guerrillas. A diferencia de Dan, delgado y alto, Kail es más bajito que yo y parece estar hecho al completo de músculo. Kail es lo más parecido posible a coger la fuerza de tres personas y compactarla en el cuerpo de un adolescente.

—Flecha Uno, confirmamos que no hemos escuchado nada salvo los sonidos que vosotros mismos producís. ¿Gema, crees que puede ser un eco? ¿Quieres abortar?

Desde el puesto de control, en la boca del túnel, la señal llega clara. Junto al emisor, un lanzamisiles de ocho posiciones apunta a lo que pudiera llegar a salir de la boca del lobo, como la había bautizado Dan el primer día que vino. Incluso Control llamaba así al punto A de vez en cuando, y es así como pasaría a la historia. Intento evitar pensar en el arsenal que apunta en nuestra dirección y vuelvo a levantar la mano, esta vez para mandar avanzar.

—Habrá sido el eco, quizá estemos cerca de algo que pueda producirlo. Seguimos—ordeno. Abortar significa dar marcha atrás paso por paso, y andar uno mientras dos le cubren. Pasaríamos más de dos horas volviendo, y perderíamos todo un día de exploración. No, mejor seguir.

Recibo las dos confirmaciones de mi equipo y de Control, y sigo avanzando hacia la oscuridad, que tiende a retirarse con nuestras botas según apuntamos con las linternas. Seguimos diez metros más y vuelvo a detener al equipo. Telemetría me indica a través de la radio que es hora de colocar otro foco. Dejo a los dos vigías apuntando al túnel y retrocedo varios metros, al vehículo tripulado por Pro.

Pro en realidad se llama Doctor Stephen Craig, y maneja a distancia el pequeño dron de seis ruedas que arrastra un carro con la luminaria y setenta kilos de explosivo por lo que pudiera pasar, según el plan de acción.

—Pro, libera el siguiente tubo, por favor. Confirma—ordeno a través de la radio, y espero unos segundos a escuchar la confirmación. Un ligero chasquido y el color verde de un led me indican que puedo extraer sin problemas el cilindro, pero aun así espero a la confirmación de Pro. Si por algún motivo trato de sacar un cilindro sin permiso, la carga explotará. Quizá haciendo un enorme agujero en el túnel. Aunque me pregunto si un impacto similar contra la estructura sobre la que andamos significará algo. Probablemente no, según las pruebas realizadas cerca del punto A.

Levanto la linterna y miro ocho metros más arriba. El material me refleja fragmentada, extendida a lo largo de dos metros. Deformada. El doctor me confirma la liberación del cilindro y dejo mi linterna en el chaleco, sobre mi hombro izquierdo.

Cojo la luminaria y un soporte de vacío y avanzo el lateral izquierdo, donde colocamos la luminaria. Llamar lateral o pared a la derecha o izquierda del cilindro es absurdo. El cilindro solo tiene una superficie, y por lo que sabemos se extiende hasta el infinito. Avanzo unos metros por la pendiente y anclo el primer soporte de vacío, que se ajusta a la pared con un siseo. Planto la fuente de luz sobre el soporte y su extremo superior vuelve a emitir el mismo ruido cuando presiono contra la pared. Tras ello, giro la luminaria y esta tarda unos segundos en cargarse. Dará sesenta horas de luz. Cuando hayamos explorado quinientos metros más de túnel, un equipo avanzará para lanzar un cable de media tensión hasta aquí.

Vuelvo con mi equipo, y me dispongo a seguir avanzando cuando Dan me lanza una mirada a través del traje aislante. Algo ocurre. Me acerco a él.

—Creo que he visto algo—me dice sin dejar de apuntar el horizonte oscuro—. ¿Permiso para usar el Oculus?

El Oculus es un enorme cilindro de diez kilos de peso que tenemos en la parte de atrás del carro, y que es la versión compacta de un telescopio. Para que uno de nosotros lo use, los otros dos han de estar vigilando el túnel. Son las instrucciones.

—Te cubro—digo mientras libero mi arma, coloco la linterna sobre ella y apunto a la oscuridad.

Dan avanza unos metros hacia atrás y escucho los servos del aparato, que se eleva a casi tres metros de altura para poder ganar algo de visión. Mi francotirador se queda callado durante casi tres minutos, pero ni Kail ni yo le pedimos que se apresure. Su trabajo es demasiado importante. Abro una línea con Control y les susurro, tratando de no molestar a Kail.

—Control, aquí Flecha Uno. Creemos que hemos localizado algo en el horizonte. Dan lo está comprobando con Oculus.

—Aquí Control.—Oyó por el auricular.—De acuerdo, Gema. Nuestra visión es la misma que siempre desde los seis metros, no vemos nada, aunque vuestras luces nos ciegan.

Me giro y puedo ver aún un punto de luz blanca. Allí, en la Tierra, aún es mediodía, pero su luz no nos llega. Para nosotros, toda la luz del Sol es tan solo una pequeña estrella al fondo de un túnel que lleva directo a la oscuridad. Como para contradecirme, Dan abre su radio sin plegar el Oculus, confirmando lo que todos temíamos escuchar.

—A dos kilómetros hay luz. Parece un espacio de veinte metros. Control, ahí delante hay algo.

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