Zona de penumbra

Vuelvo a gritar a Ginn que se acerque, pero él sigue desobedeciéndome y se interna poco a poco en la penumbra que desata el anillo. Dolido, sigue caminando hacia la oscuridad, ignorando mis gritos y tratando de alejarse de mi.

Madre ha muerto hoy de la enfermedad de los pulmones, y Ginn no ha llorado nada. En su lugar, ha salido de la tienda y se ha internado en la oscuridad de la zona en penumbra, situada a varios kilómetros de nuestra pequeña aldea. Le he seguido en cuanto le he visto, y hemos caminado juntos casi ocho kilómetros, hacia las sombras.

Zona de penumbra

Está enfadado, lo sé. Madre era lo más parecido a estar protegido que tenía, y ahora que ella no está ahí para cuidar de él, sin duda uno de los hombres lo tomará como protegido. Con todo lo que ello implica. Pero no podemos hacer nada, son las leyes y debemos acatarlas. Él debe convertirse en cazador si la aldea quiere seguir adelante.

—¿Cuánto más vas a andar?—pregunto a mi hermano pequeño. Sé que no podré con él a menos que colabore, de modo que he de convencerle de que vuelva.

La oscuridad del páramo se hace cada vez más intensa, hasta el punto de que me cuesta ver por dónde piso. Por suerte para mi seguridad, el páramo es una línea recta hasta el horizonte donde no crece nada y donde ninguna piedra se levanta del suelo para hacernos tropezar. Miro arriba, y aún puedo ver algunos rayos de sol amarillo filtrándose por las rocas suspendidas a miles de horizontes sobre nuestras cabezas. Aún no hemos llegado a la franja marrón oscura, pero si seguimos caminando en la penumbra, sin duda llegaremos.

—Ginn, respóndeme. Tengo frío, está bajando la temperatura.

Ginn me responde sin detenerse, con desdén:

—No, no está bajando. La temperatura del páramo siempre es muy baja. Somos nosotros los que nos movemos hacia el frío.

—Es eso lo que quieres, ¿congelarte?—vuelvo a alcanzarle y cambia ligeramente de dirección para dejarme un paso más atrás—Vale, me quedo detrás de ti. Pero tengo frio, y empiezo a tener miedo también. ¿Y si nos encontramos con algún espíritu?

—No seas boba. Eres igual que padre, igual que todos en la aldea. Sois todos idiotas. No hay espíritus en el páramo, ni en ningún sitio. No hay nada hasta el otro lado, donde vuelve la vegetación, los animales y el calor.

—Eso tú no puedes saberlo—replico. Mi hermano siempre ha tenido ideas muy raras en la cabeza, como que tras el páramo había tierra normal, como la nuestra. Pero padre dice que eso son tonterías, y que el páramo se extiende en un horizonte infinito.

Nuestra aldea siempre ha estado junto al páramo. Es el mejor modo de cazar ratas y pequeños roedores, que se sienten más cómodas en la oscuridad y la penumbra que otorga el anillo. En verano, cuando la sombra avanza casi tres horizontes, nos internamos en las tierras que mi hermano y yo estamos recorriendo ahora, con la esperanza de encontrar algo de utilidad. Como una veta de hierro o una madriguera. Sin embargo, hace ya muchos años que hemos explotado todo aquello que nos permiten los dioses. Mi hermano, sin embargo, tiene la teoría de que se puede cruzar el anillo, y que al otro lado hay más tierra además de nuestra pequeña isla de frío.

Elcknor es bonito, supongo. A ras de la sombra, es la aldea más al sur según los instrumentos y los mapas de los antiguos, que llegaron a estas tierras navegando por el mar del espacio. La aldea está rodeada de árboles cristal y de vegetación, y más allá de ella se encuentran las otras cinco aldeas. Estas dan todas al mar, y son más grandes que la nuestra. El comercio que pueden tener entre ellos lo ha permitido. Sin embargo, tampoco pueden bajar hacia el sur en barco debido al hielo que empieza varios kilómetros después de la sombra. Madre me llevó una vez a verlo de noche. Todo el horizonte estaba congelado.

—Sabes que no llegarás muy lejos, Ginn. ¡Para!—le grito mientras le agarro de un brazo—¿Es que no ves que no llegarás a ningún sitio así? Morirás de frio primero.

Me miran los ojos de un niño pequeño con la experiencia de cualquiera de nuestros adultos. Ginn es un muchacho muy listo. Ha sabido dibujar en un reloj de piedra cuántos horizontes se retirará la sombra cada año, y lo ha hecho con mucha precisión. Por eso hay algunos que empiezan a creerle. Pero a mí no me ha convencido todavía.

—Hermana, voy a cruzar el páramo. Y voy a empezar otras aldeas al otro lado.—Giró, caminando de nuevo hacia la aldea, a más de una hora de distancia. Y agregó—Pero voy a necesitar tu ayuda.

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