Golondrinas muertas en la almohada, de Lucas Albor

Algo se cuece en Tucumán, lleva años cociéndose. Toda la ciudad es una gran olla con ranas dentro, y se está calentando gracias a todos sus habitantes. Cada uno aporta algo al entramado. Pero estas ranas sí notan el calor. Y pueden saltar.

Golondrinas muertas sobre la almohada

Sinopsis:

«Johnny es un joven buscavidas que forma parte de una red clandestina, dedicada al tráfico de bebés muertos. Max, un agente de policía envuelto en distintas tramas de corrupción. Luz, una vendedora de almendras que se prostituye para mantener a su familia. Héctor, un alcohólico que cierra los bares junto con su amigo Henry Chinaski (alter ego del autor americano Charles Bukowski, muy presente en la obra).

Entretanto, Mercedes llora la muerte de su hijo. El Dr. Fark coordina las acciones represivas de la política local. Sandra sale de la oficina. Suena el teléfono de un alto cargo. María muerde un pedazo de magdalena. Luisa prepara café. Rubén espera la horca. Paulo acelera por la autopista, con un cadáver en el maletero.

“Golondrinas muertas en la almohada” transcurre en la ciudad imaginaria de Tucumán, un lugar en el que la legalidad, la ilegalidad, el poder y la miseria confluyen y se entrecruzan constantemente. Imágenes, acontecimientos y personajes se suceden de manera aparentemente inconexa, pero en su desarrollo irán desvelando las relaciones que mantienen entre sí.»

Así empieza Golondrinas muertas en la almohada, primera novela de Lucas Albor, con muchos personajes en diferentes roles. Todos relacionados de alguna manera con Tucumán, la ciudad donde la decena de personajes principales pasan el tiempo del libro. Y, donde hay diez protagonistas, no hay ninguno. Ninguno de ellos lo es, y lo son todos.

El libro empieza en el capítulo de tan solo 182 palabras (este texto supera las 850) titulado «17 de abril. 03:30. Suburbios. Extrarradio», y aunque bien no todos son tan cortos, raro es el que supera las tres páginas de longitud. Con un ritmo que acelera a lo largo de la primera parte de la novela por eso que está pasando en Tucumán, parece intentar detenerse hacia el final, el momento en que los actos y consecuencias a que han llevado la primera parte resultan inevitables.

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Todos los capítulos abren del mismo modo: con unas coordenadas que sitúan al lector en la escena, como si de una obra de teatro se tratase. Y luego, uno, dos o tres párrafos densos, repletos de descripciones rápidas y entrecomilladas. De párrafos densos se obtiene una lectura del mismo modo, puede llegar a pensar alguno, pero lo cierto es que la velocidad del libro te anima a seguir corriendo hacia una espiral absorbente en que los protagonistas están atrapados y que parece colisionar en un futuro cercano.

Hay capítulos y párrafos (en ocasiones son lo mismo) que pasan por delante de ti como pasa un tren de mercancías. Rápido y sin previo aviso. Llega, corre veloz sobre las vías y desaparece antes de que puedas darte cuenta de lo que ha pasado. Y tus ojos recorren el siguiente capítulo mientras tu cerebro saborea el anterior.

Así es Golondrinas muertas en la almohada, un libro que no me atrevo a catalogar en ningún género más allá de oscuro y realista. El volumen, plagado de las ya mencionadas descripciones rápidas, encadena estas con diálogos, los diálogos con pensamientos, los pensamientos con descripciones. En una amalgama imprecisa repleta de conectores que convierten a los párrafos en un estilo mezcla de teatro, reflexiones de los personajes, del propio autor, y descriptivo.

Albor deja de lado aquello que aprendimos del narrador omnisciente y observador, pasa por encima de las estructuras clásicas de la prosa o deja de lado los diálogos externos e internos. En Tucumán todo es lo mismo y nada lo es. Adiós a las antiguas estructuras del texto, hola, mezcla aparentemente desordenada. Se mezclan, como no podía ocurrir de otro modo en la amalgama, diálogos de tipo teatral, con introducciones idem.

El encabalgamiento es constante, y el vértigo a la aceleración y al precipitado de la escena del libro es una constante. Algo va a pasar en Tucumán, se ve venir. Ya está ocurriendo. Las piezas de ajedrez están moviéndose demasiado sobre el tablero de sus calles. Algo va a pasar. La tensión es permanente.

Esos capítulos cortos, al estilo de los rodajes de series televisivas modernas en las que se cruzan un par de palabras por escena, terminan por dar velocidad al texto.

Cada personaje tiene un rol dentro de este entramado de historias entrelazadas. Un rol que ni ellos mismos conocen y que interactúa con todos los demás sin que ni ellos mismos sepan las consecuencias. Cada uno de ellos cuenta con sus problemas, su pasado, y un futuro que pinta mal para todos y que parece común. Todos arrastran sus taras y sus problemas pasados, a la espera de resolverlos en el siguiente capítulo. A la espera de que el mundo mejore en un Tucumán en el que los bebés se trafican muertos.

Catalogable como diferente, no tengo por menos que recomendar la primera novela de Lucas Albor.

Y darle de nuevo mi enhorabuena y el agradecimiento por prestarme un volumen para leerlo.

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