Los simulados también son personas

Capitulo 1. Los simulados también son personas

Hasta donde la vista me permitía, a través de la neblina y la lluvia, observar el paisaje, éste moría tétricamente en una cortina de fuego y agua que resultaba extrañamente arrulladora. El frio del agua se desvanecía bajo la lluvia de calor que resultaba del fuego que prendía aquí y allá montículos de escombros antes llamados edificios, vehículos y personas. La ciudad, empapada en agua y fuego, se extendía ante mí en un radio de doscientos metros de ruido ahogado por el crepitar de las gotas sobre el metal de mi casco. Más allá de la neblina provocada por los fluidos incendios, me era imposible discernir nada excepto los gritos ocasionales y los fugaces relampagueos de los tanques, cuyas bocanadas de fuego convertían en erial lo poco que quedaba de ciudad. Cada bocanada de fuego más allá de la niebla se convertía en un relámpago que iluminaba el agua, y un rugido.

En eso somos unos totales expertos, una especie que crece sobre la ceniza de cascotes arrasados, inundados de fuego y calcinados bajo tormentas de botas.

El shock de la visión de la ciudad me dejó totalmente paralizado sobre los escombros en ruinas de un aljibe, ahora ardiendo en parte, como si su interior acuoso hubiese estado repleto de combustible. Un combustible que ni la lluvia torrencial era capaz de apagar.

Por algún motivo, me sentía en casa, como si el paisaje desolado de la destrucción y el caos fuesen en parte obra mía. No obstante, el pálpito de desconcierto latía bajo mis ojos. Algo no iba bien. “No perteneces a aquí”, pulsaba la información desde mi cerebro a cada segundo.

“Este no es tu sitio”

El aire, helado a instantes con la lluvia, en combustión al segundo siguiente por las llamaradas, salpicaba mi cara de texturas y hacía que todas y cada una de las terminaciones nerviosas de mi piel enviasen a mi cerebro pulsos de información caótica y nerviosa.

Giré sobre mí mismo al escuchar un crujido detrás, apuntando hacia el suelo con el pequeño fusil de asalto que mis manos sujetaban sin demasiada fuerza y que parecía colocado por atrezo sobre mis brazos. Por todas partes, aquella ciudad estaba inmersa en un conflicto épico de agua y fuego. Aquellos lugares que no habían sido anegados por los incendios, restallaban en resplandecientes estallidos de agua y barro.

«Joder, toda la ciudad se estaba yendo a la mierda.»

El crujido había venido de un soldado a mi espalda al que no llegué a ver bien del todo. Antes de que mis ojos confundidos pusiesen en él el foco, la mina antipersonas de la que había levantado el pie estalló en un millar de gotas de fuego y metal calcinado y sangre. El soldado y su ropa se convirtieron en una esfera de proyectiles que rasgó lluvia y los fuegos, avivando ambos justo antes de impactar sobre mí, bañándome en carmesí, acero y agua.

Notaba la quemazón y el frio de los cientos de pequeños mordiscos sobre mi piel, atravesando el fino uniforme que me cubría el cuerpo y que no me protegían ni del frio del invierno ni del calor de los incendios. En ese momento de agonía recordé por qué estaba aquí, entendí el motivo por el que todo me era ajeno y familiar al mismo tiempo. Recordaba el motivo por el que el fusil colgaba lacio en mis manos. La piel, abierta en canal por una decena de sitios, y la sangre, que escapaba por todos ellos, me hicieron recordar qué había venido a hacer en aquél paraje. Caí de rodillas sobre el montículo de escombros mientras moría, y un latigazo eléctrico recorrió mi espalda.

Los ojos de Carol encontraron los míos. Mi boca estaba seca y pastosa, pero una pajita se posó sobre el labio inferior y comencé a beber por instinto. Notaba el corazón acelerado, y las imágenes de la explosión y la ciudad calcinada estaban aún en mi mente, tras una cortina de neuronas que se alejaban hacia el subconsciente para dejar paso a la realidad. De una manera totalmente involuntaria e incómoda, la cara del soldado muerto por la mina acudió a mí mucho después de haberle perdido por el rabillo del ojo, interponiéndose durante una fracción de segundo a los ojos de Carol.

Tosí intentando hablar con ella, mientras ella volvía al presente y se llevaba la lluvia y el fuego consigo. Todo era demasiado confuso. ¿Cuál de las dos vidas que recordaba era la real? ¿Estaba muerto en mitad del campo de batalla? ¿Era esa la simulación? ¿Me encontraba aquí debido a la explosión?

―Es confuso―conseguí decir tras beber un poco más de agua―. No estoy muy seguro de que esto sea real. ¿Es eso lógico?

Ella rio con ganas, como quien se ríe del comportamiento de un borracho que hace el ridículo en público. Su mirada, acompañada de una linterna que me desconcertó, recorrió mis dos ojos.

―Bueno, le hemos dicho a tu mente que te encontrabas en un conflicto bélico, y tu mente trata de crear escenarios lógicos en los que eso es posible. Pero tú escribiste la tesis, profesor.―Ella sonreía con sus singulares dientes irregulares y sus ojos marrones.

―¿Lo hice? Tengo la sensación de que este es uno de esos momentos en los que la mente se evade a un lugar seguro, y que sigo perdiendo sangre en lo alto de un montón de escombros mientras llueve. ¿Eso tiene sentido?―Volví a sentir la lluvia y el calor del fuego sobre mis brazos, y traté de recoger el fusil en un acto reflejo al no notar su peso bajo mis manos. Mis ojos desenfocaron la imagen de la sala limpia en la que me encontraba con Carol y se fueron a la ciudad en la que acababa de estar. Traté de recordar algo antes de aparecer sobre aquél montículo de rocas. Nada, no había recuerdos anteriores.

Mi mente se calmó lo suficiente como para tomar perspectiva. Recordaba las horas antes a conectarme al Nexo y entrar en simulación. También recordaba el nacimiento de mi hija, hacía dos años, y el dolor residual de la rotura del brazo cuando me lo rompí con doce años. No, yo no era un soldado, era un profesor. Y el experimento había sido todo un éxito.

Levanté la mano derecha para retirar el casco de soldado que aún me apretaba la sien, pero en su lugar encontré una diadema de pequeñas placas conectadas a un amasijo de cables. Carol me cogió la corona y la depositó con cuidado sobre una mesita junto a mi asiento. Mi cabeza reposó sobre el almohadón del sillón.

―Menuda pasada ―dije mientras me levantaba, aún débil, del asiento. Mis piernas tardaban en responder―. Estoy agotado de una experiencia que nunca he vivido. ―Sonreí a Carol, la única profesora en la universidad lo suficientemente loca como para ayudarme a poner la simulación en marcha.― He estado allí, Carol. Te lo prometo. Es perfecta, es totalmente real. La inmersión es indistinguible de la vida real. No se puede diferenciar de esta experiencia. ―Una de mis manos tocó la otra, y entrelacé los dedos, sintiendo la realidad en un esfuerzo inútil de diferenciarlo de lo que acababa de vivir― ¿Cuánto tiempo he estado conectado?

―Cincuenta segundos ―su sonrisa era total―, durante cincuenta segundos has convivido con los programas. Has respirado su aire y, bueno, has muerto. Quizá deberías apartarte de las minas explosivas la próxima vez que visites una Simulación en mitad de un conflicto bélico. El latigazo ha sido increíble, se suponía que te sacaríamos nosotros pero has tomado el camino rápido.

―¿Cuál es el camino rápido?―pregunté, confuso.

―La mente no puede procesar información si cree que está muerta. Has salido a causa de que has muerto en la simulación.

―Carol.―Mi mirada, aún perdida en el vacío, se volvió hacia ella y pude percibir cómo una ola de seriedad me cubría. Mi semblante adquirió una seriedad con la que no contaba desde el funeral de mi padre, hacía tantos años. La transcendencia de lo que iba a decir a continuación aún es motivo de conflicto armado en algunas partes del mundo―. Nos hemos equivocado. No son programas, Carol, son personas. Te lo prometo. Personas simuladas, pero personas. Son Simulados, pero sienten como nosotros, y ahora estoy seguro de ello.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *