Cuando el conflicto es ser tu propia causa

El problema de los viajes en el tiempo es que las implicaciones son muchas y muy variadas. Y nunca se está del todo seguro de cómo va a cambiar algo el hecho de jugar con él, si es que lo hace. Estas implicaciones juegan con la mente, y la mente juega con la realidad como si pudiese moldearla a su antojo. Y es entonces cuando todo parece posible y la locura termina por llenar del todo las cabezas vacías de los que van y vienen, que son todos aquellos que participan.

Cuando el conflicto es ser tu propia causa

Porque, no nos olvidemos, alguien que viene desde el futuro no puede sino resistirse al impulso de un tiempo que tira de él hasta recuperarlo, aunque sea en modo de huesos fríos bajo la tierra. Y eso era lo que era Cisna Cheprok la primera vez que viajó en el tiempo, un conjunto de huesos bajo tierra que aún corría de la mano con aquél niño pequeño mientras caían las bombas y el aire se llenaba de la ceniza de un conflicto.

Todo era demasiado complicado para el pequeño, que se dedicaba a asentir en un idioma que ni siquiera Cisna había llegado a aprender nunca, y que le parecía similar al que hacen los gatos mientras comen. Y, como caían las bombas, ningún gato se había quedado en la ciudad, motivo por el cual el señor Cheprok era incapaz de entender a aquél muchacho por mucho que lo intentase.

Corrían por el parque de la ciudad, ahora medio derruida por la realidad que otros habían creado para ellos con sus otros viajes. En especial los que no se hicieron.

Los humanos se empeñaban en no aprender, y en su desentenderse de la realidad, no podían sino conformarla con sus botas militares y sus fusiles. Siempre había fusiles. Ora en forma de arcos, flechas y lanzas, oras de energía lanzada desde la atmósfera. La humanidad solo sabía crear destruyendo, y eso es lo que se practicaba en aquella ciudad vacía de gatos hasta arriba y en la que era imposible entender nada.

Todo el mundo corría hacia todas direcciones, disparando al resto de personas mientras el aire se llenaba de bombas y de ruido, de explosiones que hacían temblar los edificios que Cisna sabía que se caerían, pero manteniendo aquellos que debían quedar en pie.

Se refugiaron durante unos segundos bajo un puente pequeño cuyo riachuelo había seguido el camino que seguían los gatos en aquella ciudad, o quizá el camino de vuelta. Los gatos, ¿habían seguido adelante en su camino, o habían vuelto atrás? Se preguntó Cisna mientras cubría con un brazo al pequeño muchacho que solo podía comunicarse temblando de miedo ante el caos de la ciudad.

Cisna también temblaba, y aquello afectaba a toda la ciudad. O quizá fuese al revés. Dado que era su primer viaje, aún sufriría durante muchos días los efectos adversos a aquel desplazamiento que no tenía lugar en el espacio. Hacía unas pocas horas, se había subido a la plataforma y ésta se había encendido renqueante, poniendo en duda la seguridad de su funcionamiento, partiendo de la hipótesis de que esta existía.

El cilindro prensó el espacio bajo su peso y estuvo allí donde no había estado una fracción de segundo después. Y Cisna apareció allí donde había estado, pero cincuenta años antes. Era un edificio medio derruido que se mantendría en pie durante toda la guerra. Eso era tan seguro como que ya no había gatos.

Tardó casi cinco horas en localizar al pequeño, que estaba exactamente donde le habían dicho que estaría, como no podía ser de otro modo. A veces, contemplar el pasado era como contemplar una carta antigua de navegación. Las instrucciones para viajar estaban ahí para todo aquél que supiese manejar los instrumentos adecuados.

Cisna no tenía ni idea de manejar nada, pero era consciente de la misión y de la importancia de su hijo en el conflicto que se avecinaba. Y para eso, debía protegerse a sí mismo, le habían dicho. De modo que Cisna se metió en el cilindro sin preguntar el porqué de las cosas que sucedían a su alrededor y, cincuenta años más tarde –justo antes de viajar- se sintió como aquél niño que no comprendía nada.

Lo abrazó y le puso un abrigo pequeño que había llevado, despojándole para ello de un jersey que llevaba. Tanto daba un abrigo como un jersey, pensó, pero conocía los riesgos de las pequeñas mariposas para su hijo y la resolución del conflicto. Lo llevó, al principio a rastras y luego de una conformidad absoluta, hacia el punto de extracción al otro lado del parque.

Quedaban tan solo unos minutos para que todo empezase, y corrió con el niño en brazos hasta el extremo en el que acababan los árboles reducidos a cenizas. El cielo se abrió entonces, dando lugar a cientos de explosiones veladas por una cortina de humo atmosférico que lo tapaba todo si se miraba desde el suelo.

En algún lugar ahí arriba, su hijo había cumplido la edad suficiente como para comandar el pequeño ejército que pronto invadiría la ciudad, y una de las vainas de extracción se dirigiría ya contra el edificio al otro lado de la calle. Solo tenía que entrar allí, dejar al niño y su misión habría acabado. Tras ello, él viviría, y tendría tiempo de tener a su hijo para que pudiese terminar esta absurda guerra de todos contra todos.

Un soldado les dio el alto y apuntó con el fusil Cisna. Como el resto de los gatos, el niño se quedó congelado en mitad del aire, observando la realidad que otros habían creado para ellos mientras caían las bombas y la ciudad se hundía en la anarquía. El soldado reparó en el uniforme robado de un museo que Cisna se había puesto y bajó el fusil.

—¿Es su hijo?—preguntó con ánimo de levantarlo y matar a aquél pequeño en caso de respuesta negativa.

—Oh, no, no, no… Es mi abuelo.—Con parsimonia, con la calma de quien conoce el futuro, Cisna levantó su arma de energía –aún sin inventar- y seccionó en dos el cuello del soldado. Este cayó al suelo, rodando, mientras ellos volvían a correr hacia el futuro del otro lado de la calle.

Al final, todo iba a dar igual. En el momento en que Cisna volviese, estarían todos repartidos en conjuntos de huesos fríos bajo tierra. La humanidad solo sabía crear destruyendo, pero al final el único que ganaba era el tiempo.

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