El tirón de Agujero Tierra

El tirón de Agujero Tierra

—Agujero Tierra está ahí abajo—dijo Ethan, el más pequeño de los dos—. Ramón dice que lo ha visto.

—Ramón está mintiendo—contestó Gérome, su hermano mayor, mientras trataba de reconstruir el juguete—. No se puede ver nada. Es demasiado pequeño, y está muy lejos.

—Ramón dice que si te tumbas en la cubierta externa con la cara pegada al cristal de observación, se puede ver cómo las estrellas se cumban…

—Se «comban»—corrigió Gérome.

—Sí, se puede ver cómo las estrellas se comban si se mira durante mucho tiempo.

—Ramón tendrá un equipo adecuado—dijo mientras ensamblaba la última pieza—. Para poder ver algo se necesita un telescopio como el del observatorio de la Oculos enfocado durante horas a un pequeño punto del espacio. ¿Sabes de qué tamaño es el Agujero?

El pequeño levantó la cabeza de la reparación del juguete y negó con la cabeza. Con seis años, Ethan era un vacío de conocimientos que divertía a su hermano mayor, que casi había alcanzado la edad para votar. Gérome levantó el pequeño módulo lunar reparado e hizo girar una de las ruedas. El eje ya rodaba.

—Es del tamaño de una de estas ruedas, apenas unos centímetros. Nada más. Quizá incluso algo menos. Tendrás que preguntárselo a Ramón, pero dile que deje de tomarte el pelo. Eres demasiado crédulo—dijo mientras le daba el pequeño vehículo y Ethan salía corriendo por el pasillo a seguir rompiendo aquél pobre juguete de metal.

Gérome echó la silla para atrás, percibiendo el sufrimiento del material al cargar su peso sobre el respaldo, y colocó sus manos sobre la cabeza. Agujero Tierra, ahí abajo, pensó. Si es que se puede llamar «abajo» a ese diminuto punto de tirón gravitatorio a ciento cincuenta mil kilómetros de distancia. Aun así, aquel antiguo mundo ahora prensando al tamaño de una rueda de juguete soportaba la carga de las colonias y de la luna, y los mantenía en rotación a su alrededor.

Se levantó y salió del dormitorio al pasillo 2B, su «barrio». Esquivó a su hermano y a sus dos amigos y paseó hasta la escala más cercana, a cincuenta metros, por la que descendió al módulo de cultivo. Cinco pisos más abajo, y con más de tres kilómetros de extensión y un ancho de dos, el área donde se cultivaba todo el grano que alimentaba a la población de esta y otras dos arcas más se extendía a lo largo de la superficie interior de un cilindro de quinientos metros de radio en constante giro para producir la gravedad artificial.

Aunque no era el turno de Gérome, paseó entre los cultivos buscando deficiencias en la instalación o en el tallo. Su trabajo era sencillo, si se veía cualquier tipo de alteración, desde un goteo de agua irregular a cualquier indicio de plaga, debía reportar. De esta cosecha constante dependían más de mil personas distribuidas en esta y en dos arcas más pequeñas. La Récolte era una nave intergeneracional que les habría llevado a los límites del sistema solar y vuelta de no haberse colapsado la Tierra sobre sí misma. Ahora se trataba tan solo de una nave de cultivo más, girando alrededor de lo que quedaba de la Tierra.

Miró con detenimiento el tallo de uno de los brotes y acercó la linterna para ganar luz en aquél punto, bajo el antecio. Sus ojos habían sido entrenados durante lo que parecía toda una vida para detectar el tipo de anomalías a la que ahora miraba. Abrió el registro sobre su muñeca, hizo una fotografía, apuntó el subpasillo y el metro en el que se encontraba y marcó la base de la planta con un pequeño cono rojo que extrajo de su pequeña bolsa. Siguió caminando, sabiendo que en breve acudiría un botánico a revisar lo que ocurriese con aquella pobre planta.

Eso es lo que se aspiraba a ser en la Récolte: botánico o recolector. La especialización del trabajo era una obligación si querían sobrevivir a la muerte de la Tierra, y la disciplina no admitía el vagabundeo. Cuando se cumplía los dieciséis años, uno pasaba las pruebas psicológicas y de comportamiento para acceder a los puestos de las casi doscientas naves que había dispersas por el sistema solar, la mayoría de las cuales esperaba su futuro mirando a un pequeño punto negro casi invisible, y un gran grupo malvivía en Marte.

A Gérome le hubiese gustado ser explorador. Aun con la tasa de muerte por accidente más elevada de toda la flota, ser explorador permitía visitar las lunas de Júpiter. Quizá, el futuro hogar de la humanidad. De lo que quedaba de la humanidad, al menos. Actualmente, la población total era de un millón, doscientos mil cuarenta y tres humanos. Y manteniéndose. Si encontraban algo interesante en Júpiter y su microsistema planetario, quizá podrían empezar a crecer de nuevo. No, no tanto como se hizo de modo irresponsable en la Tierra, pero sí lo suficiente como para que se pueda construir campos de cultivos y los suministros no deban racionarse. Lo suficiente como para vivir una vida completa y no tan solo la mitad.

Se cruzó con Carlos, un botánico de cincuenta años cercano ya al Término, que le sonrió y le saludó con la mano. Habían hablado unas cuantas veces sobre plantas, pero Carlos ya tenía dos pupilos a los que transmitir todos sus conocimientos antes de ser reciclado.

—¿Has dado tú el aviso, Gérome? Pero si no es tu turno, lo he comprobado y no empiezas hasta dentro de seis horas.

—Lo sé, pero prefiero trabajar a estar parado en mi camarote.

—Ojalá te hubiese podido elegir a ti. Te lo digo de verdad. ¿Qué tal se porta Cintia contigo?

—Genial, deja que avance a mi ritmo. Pero, claro, ella no tiene mucha prisa, aún tiene treinta años, de modo que prefiere hacerlo todo a la velocidad correcta.

—¡Qué suerte! A mí me quedan dos años para convertir a dos idiotas en botánicos profesionales. Pobres los de la próxima generación—dijo mientras se despedía y seguía andando por el pasillo hasta la planta marcada.

Carlos aún pertenecía a la segunda generación nacida en las naves errantes diseminadas por el sistema solar, y había sido esa generación la que había marcado las pautas del límite poblacional y la Ceremonia de Término. Le quedaban dos años, eso significa que tenía cuarenta y ocho, y que dentro de poco dejaría que la inyección lo durmiese para siempre, sería troceado y su cuerpo sería usado como materia orgánica de la nave. Me cuesta pensar que su generación tuviese la frialdad de aprobar la salvaguardia de la mía y de las que vendrán dentro de un tiempo, la Ceremonia de Término.

«Somos una generación de tránsito, Gérome» solía decir mi padre. Y tenía razón. Nosotros no hemos venido al mundo para divertirnos y disfrutar de la vida como ya hicieron nuestros predecesores y harán sin duda los que vengan detrás. Lo hemos hecho para que otros puedan hacerlo en un futuro que aún parece lejano. En Marte no consiguen cultivar nada, y las dos ciudades que han crecido allí no son más que enormes minas a cielo abierto para poder suministrar metal a las naves en órbita. Naves como la mía abastecen de comida a la otras. Naves de exploradores buscan un resquicio en el sistema solar al que anclarse.

«Y poco más» pienso mientras paso mi mano por uno de los tallos cercanos. Esta comida no es solo nuestro alimento presente, sino la llave del futuro de una raza consciente, la única que conocemos. Nosotros, en el sentido más amplio de la palabra. Solo diez arcas flotantes en mitad del espacio tienen la capacidad de cultivo de la Récolte, y no se puede perder ni una de ellas. Cada gramo de tierra extraído de la Tierra moribunda había costado vidas, y no habría mucho más con el coste que tenía la terraformación marciana. Al menos en unos cuantos siglos.

Terminó una ronda completa y luego otra. Y una tercera después de aquello. Subió a los camarotes a echarse una siesta pero no pudo concentrarse en dormir. No, no era eso. Sí que se concentraba. Se concentraba en que todo funcionase como un reloj, en que no hubiese fallos. Gérome tuvo que denunciar hace poco a un compañero que trabajaba mal y era eso lo que le mantenía despierto. Era el tercer aviso sobre la misma persona por hasta cinco de sus compañeros, y no había más posibilidades. Fue Terminado, tal y como dicen las leyes, y en algún lugar de la nave alguien recibió una notificación concediendo el deseado embarazo.

Trató de cerrar los ojos y no pensar en los ojos del que había sido su compañero durante dos años. No, se lo merecía. Si alguien no realiza su trabajo está matando lentamente a la humanidad. Y esta ya está muriendo lo suficientemente rápido.

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