1.052 años estándar después

Miro al horizonte eléctrico de nuestro mundo y suelto el puñado de tierra férrica que sostengo desde hace unos minutos y que cubre la tumba de mi hijo mayor. Y el valle. Y el mundo. Respiro hondo antes de levantarme y volver a la boca oscura de la cueva que se perfila contra el cielo.

1052 años estándar después

Mentiríamos si dijésemos que sabemos cómo hemos llegado hasta aquí. Lo cierto es que esa información se perdió hace muchos, muchos años. Los suficientes como para que pocos registros escritos hayan quedado, y aún menos personas sean capaces de extraer información.

No estamos seguros de cómo hemos llegado, pero estamos convencidos de que no hemos nacido aquí. Al menos, parte de nosotros. Que la raza humana tuvo que empezar en algún otro sitio. Demasiada información de cosas que no existen donde nos encontramos.

Y creemos esto porque hay historias. Cuentos que se han ido retorciendo en nuestras bocas y en nuestro lenguaje durante más de mil años «estándar». Estándar, una palabra que nos impulsa a creer que venimos de un lugar donde las temporadas juegan otro orden. Aquí, un año no coincide con un año estándar. Nuestro planeta gira alrededor de su estrella una vez cada año y medio estándar. Si hay otro modo de medir los años, hay otro mundo. Y si el estándar no es el nuestro, entonces no hemos empezado aquí.

Miro las llanuras llenas de cruciformes oxidados y roídos por los vientos y pienso en los miles de millones que han muerto bajo tierra, y en el homenaje que se les sirve a los dioses anaranjados. Si están ahí, ese debe ser el color de la sangre que circule por sus venas. Todo en nuestro mundo es naranja salvo algunos objetos de una antigüedad incalculable, casi religiosos, que mantenemos encerrados bajo tierra.

El cielo es naranja tanto en la puesta de sol como en el amanecer, y tan solo clarea amarillo a medio día. Las nubes, la tierra, las montañas. El «Erial», signifique esa palabra lo que signifique, solo tiene una gama de color, la misma que nuestras enrojecidas pieles. Bajo tierra, solo el color del fuego ilumina la oscuridad, y este es naranja.

Las historias hablan de plantas diferentes a los hongos y a las setas, enormes y verdes plantas cubriendo todo el mundo como un superorganismo. Pero debió ser un mundo distinto, porque en este no hay tales objetos. Aquí solo hay polvo de hierro, hongos, tierra, y un sol y vientos que nos obligan a permanecer alejados de los cielos. Tampoco hay «animales», seres con los que la humanidad convivió en el pasado y cuyos registros se pierden al día del incidente, hace 1.052 años estándar.

Hay historias, muchas, de ese día. Sabemos que algo fue mal, que algo en la atmósfera impidió que la «brana» siguiese funcionando y que se cerrase sobre sí misma para no volver a abrirse. Aun hoy se puede observar el círculo vertical en la montaña noroeste donde la brana estaba abierta todo el día, significase eso lo que significase. Hasta allí llegaba un camino fabricado de un material que hemos olvidado, y que muere justo en la vertical de roca.

Muchos sospechamos que se trataba de un puente hacia otro sitio. Otros dicen que es el modo que teníamos de comunicarnos con nuestros dioses antes de que el planeta diese una sacudida y todo en su superficie muriera, antes de darle la espalda a las deidades que ya no cuidan de nosotros. Ambos podríamos tener razón, y tan solo las herramientas diseminadas por el planeta, de una tecnología imposible de imaginar para nosotros, nos alientan a que una vez hubo un futuro mejor.

—Patrick, ¿vas a decir algo?—me detiene con su pregunta una muchacha del clan. Somos cerca de quinientos en esta gruta, la población más grande de las inmediaciones, y la tercera más grande conocida en el planeta. Tengo entendido que la chica y mi hijo formaban una pareja, y estaban a punto de migrar a otra cueva para que la endogamia no se propagase.

—No—sentencio mientras sigo caminando hacia la gruta. Hacia abajo. Hacia el mundo de túneles que hemos construido para salvaguardarnos del hierro de la superficie con el que fabricamos nuestras herramientas. Hacia la tumba de lo que conocemos de la humanidad. Me detengo unos instantes y me giro. Hay una pequeña multitud que me observa—. Pero todo aquél que desee decir algo será bienvenido a hacerlo.

Estoy cansado de decir palabras amables a cruces de hierro en el suelo. Demasiada simbología sin sentido ni origen, perteneciente a un credo que agonizaba mucho antes de la caída de la brana y a quien nadie hace caso hoy salvo para maldecir.

Cruzo el marco de roca de cincuenta pies de altura que es la entrada de la cueva cuando oigo un trueno como no he escuchado nunca en mis cincuenta años estándar de vida. El trueno suena cerca, casi parece salir de la tierra misma al volver el eco desde dentro, pero no veo el centelleo naranja que ilumina las caras de aquellos que morirán el en valle. Pocos son los que han sobrevivido a ver un rayo cerca. Ninguno que siga vivo hoy día.

La gente aglomerada en el valle, cien metros más allá, miran todos por encima de la entrada de la cueva. Pero ninguno de ellos huye hacia la protección de la roca. Solo observan algo por encima de la montaña. Corro en su dirección, echando varias veces la cabeza hacia atrás sin conseguir ver nada. Hasta que por fin, junto a la tumba de mi hijo, doy con el objeto que mantiene a todos en vilo.

Situado a kilómetros de distancia, sobre nuestras cabezas, una figura informe pero de trazos rectos parece perseguida por las llamas de un cielo que no habíamos visto nunca. Avanza rápido hacia el oeste, casi en nuestra dirección, mientras arrastra girones de nubes negras y envueltas en fuego. Las nubes marcan su trazado en la entrada en la atmósfera, y se percibe una deceleración.

Poco a poco, la superficie del objeto, envuelta en lo que parece vapor y rojo incandescente, comienza a mostrar lo que hay debajo. El objeto está ahora definido hasta el más mínimo detalle. Metálico, alargado, del tamaño de todo nuestro valle, gira hacia nuestra dirección sin precipitarse hacia abajo, levitando con una tecnología de la que no disponemos. Justo antes de esconder los símbolos de su lateral en el giro, varias personas se miran entre sí junto a las tumbas.

El crucifijo de la tumba de mi hijo se cae por la vibración del suelo, y los miles que lo rodean le imitan por la vibración del aire. Hemos visto esos dibujos con anterioridad en las cuevas, dibujados con cinceles en paredes que ya nadie transita. Usábamos esos jeroglíficos hace 1.052 años, antes de la caída de la brana.