El deseo de más

El deseo de más

En el centro de aquél océano de tempestad había una isla, y dentro de la isla un desierto arenoso. Pasado el desierto, encerrada por un muro de montañas, había una torre que se elevaba kilómetros hacia los cielos. En algún lugar del laberinto que era aquella construcción, había una puerta, completamente diferente a los cientos de puertas iguales. Todo aquél que llegue a cruzar esta puerta conseguirá el poder de los antiguos dioses.

—Al menos, eso dice la leyenda—dijo el anciano alrededor del fuego.

Las olas rozaban la primera línea de palmeras mientras medio centenar de ojos contemplaban atónitos al mayor de su grupo. Se llamaba Merio, y tenía casi sesenta años. Era el más sabio de todos, y el que más había vivido. Cada noche, se sentaba sobre un balde de madera colocado boca abajo y, junto a la hoguera, intercambiaba todos aquellos relatos y cuentos que se conocía. A petición, claro, de los más pequeños.

—¿Quién puso allí esa puerta, Merio?—preguntó uno de los adolescentes, conocedor de la respuesta.

—¡Fueron los dioses antiguos, zoquete!—contestó otro mientras todos reían. El anciano levantó las manos para hacer callar al grupo.

—En efecto, fueron los antiguos dioses los que levantaron aquél laberinto, lo encerraron entre montañas, secaron su alrededor e inundaron el resto del continente. La idea, supongo, era la de hacer imposible el acceso a la puerta. A los antiguos no se les daba nada bien compartir su poder. Precisamente la falta de poder para todos fue lo que ocasionó las primeras guerras. El poder venía del centro de la Tierra, pero este se agotaba. La habían drenado, y se vieron obligados a consumir el Sol.

Se hizo un silencio sepulcral. Las guerras antiguas era uno de los temas preferidos por los niños. Añoraban la belicosidad y la lucha que su cultura les prohibía. Deseaban la aventura y el peligro que no serían capaces de alcanzar en su sociedad pacifista.

—Pero los dioses antiguos—continuó—tenían una enfermedad. No eran perfectos, aunque podían haberlo sido. Podían volar por el cielo y vivir casi una eternidad. Sobrevivían a prácticamente cualquier herida, y eran capaces de viajar allí donde ahora nos es imposible. Tocaron los astros suavemente antes de caer, antes de las guerras. Estaban gravemente enfermos de más. Nunca les era suficiente. Cuando llegaron a vivir más de doscientos años, esto les supo a poco. Pronto, no hubo espacio para todos. El mismo Sol les era insuficiente.

Incendiaron el mundo que habían creado para sus hijos, y su poder escapó por las nuevas grietas en las que se partió la Tierra. Fue entonces cuando unos pocos de ellos escondieron la puerta y se unieron a la batalla. Su intención de pararla era buena, pero al tomar uno de los dos bandos, cometieron el error de aumentar la escalada de violencia. Las flechas de fuego llovían por todo el mundo, y los bosques y las plantas ardían por todas partes.

Usaron la magia de que disponían para destruir lo que habían construido, y nos dejaron solos ante la naturaleza. Cuenta la leyenda que tan solo dejaron una puerta. Una única puerta como ventana al pasado glorioso y a su poder. Una puerta hacia el que podría ser nuestro futuro, y del que huimos como de la peste.

Un futuro de grandiosa destrucción no es deseable. Anhelar la guerra a cambio de más años es absurdo. Vivimos lo suficiente, disfrutamos lo justo. Pedir más solo nos conducirá a más dolor.

—Recordadlo, niños—dijo el anciano, levantándose y cubriendo de arena la hoguera que debía durar unas pocas noches más—. El deseo de más solo conduce al deseo de más aún.

Elah escuchaba con atención cada relato del anciano, atesorando cada pista y cada dato. Y preguntándose qué habría de malo por querer un poco más en su vida.