El despido de Schrödinger

Me ha llamado a su despacho. La jefa me ha llamado a su despacho. Solo hay dos situaciones en las que una persona acude a su mesa. La primera es porque ella está a gusto con tu trabajo, pero te pide un extra. La segunda es para castigarte y amenazarte con una bajada de sueldo por alguna cagada que hayas hecho.

Cartel «El despido de Schrödinger»

Examino mi mesa y mi tablero kanban, y me doy cuenta de que no hay mucho que agradecerme, pero que tampoco hay un gran tapón de trabajo. Algo ha ocurrido, algo se me ha pasado. He fallado en algo, y ella se ha dado cuenta. No, peor, ella se ha dado cuenta sin que yo lo haga, haciendo imposible una defensa apropiada.

Observo la puerta abierta de su oficina, y me quedo embobado pensando en lo que puede o no ocurrir. Ella no puede verme ahora, y solo me ha enviado un email que no he llegado a abrir. En el asunto, «Acércate un momento al despacho» llenaba todo el mensaje. Ella no sabe que estoy aquí, y podría hacer como que no he leído el mensaje.

Miro a mi alrededor, en busca de una mano. Nadie parece atento a lo que hago y, como nadie estaba en copia, es posible que nadie sepa que tenemos que reunirnos en su despacho. Quiere verme a mí solo. Y eso bien podría suponer un despido, como a David la semana pasada.

Miro el calendario. Es viernes. Si me despide hoy, no cobro el fin de semana. Pero si me olvido el teléfono aquí y vengo el lunes a media mañana de «visitar a un proveedor», entonces tendrán que darme más dinero.

«Joder, soy el puto gato de Schrödinger»—pienso mirando la puerta cerrada de la jefa de planta. Si no le hecho huevos y abro esa puerta, estoy tan vivo como muerto. Decido no averiguarlo hoy. Recojo con cuidado de no llamar la atención la cartera, el teléfono móvil, el maletín y la chaqueta, y paseo como el que no quiere la cosa al ascensor.

Sonrío un par de veces, saludo a dos o tres personas, y pulso el botón que le obliga a subir. Me pregunto por qué he elegido ascensor, y me doy cuenta del capricho arquitectónico. Para bajar por las escaleras he de cruzar justo por delante de la puerta de Sara. No, gracias.

Las puertas del ascensor se abren al tiempo que lo hace la de su despacho. Pulso la planta cero varias veces, nervioso, y agacho la mirada para evitar cualquier cruce de miradas. Salgo del edificio paseando angustiado. Quizá haya ganado un par de días de sueldo, pero no sabré si he sido despedido hasta el lunes.

«Mierda.»