El secreto

«Creo que lo que más echo en falta es la velocidad a que ocurre todo» pienso mientras veo alejarse al joven por la nieve, rumbo a la siguiente colina.

Aunque hay noche abierta, la luz de su farol sigue siendo visible aun a la distancia que nos separa. Ha subido a la montaña a petición mía, y volverá dentro de unas horas mi hijo, con quien tengo que mantener una conversación. Si mi salud lo permite para entonces.

cartel «el secreto»

Jason tiene que saber algo antes de que yo muera, y ya no queda demasiado para eso. De modo que he ordenado a Brian que vaya a traerlo y ocupe su puesto como vigía en la torre de la montaña que mira al este. Sus huellas en la nieve se pierden allá a cien metros, pero la luz que lo acompaña sigue siendo visible.

Antes, cuando yo era un niño, bastaba con descolgar un teléfono para enviar información a alguien. Todo transcurría en cuestión de segundos, y ninguno de los que intervenían tenía por qué desplazarse. Hoy, es necesario que alguien cubra la distancia que nos separa a mi hijo y a mí, y que este vuelva conmigo. Aunque Brian es de confianza, él no debe saber lo que mi hijo necesita para regir la aldea una vez me haya ido.

Miro por la ventana y veo el centenar de viviendas que ocupan el único valle conocido en el que nuestra cultura aún persistía. A salvo de lo que hay más allá del valle, y que amenazaría nuestra existencia si entra en contacto con nosotros. Los vigías, y el resto del pueblo, han creído durante generaciones que el motivo de vigilar es para encontrar habitantes perdidos de otras aldeas vecinas.

Pero no existen aldeas vecinas. No como estas. No con nuestra cultura.

La nieve ha caído por todo el valle, y cubre las viviendas con un segundo denso tejado, convirtiéndolas en setas iluminadas en su base por las chimeneas de su interior. No hay vivienda que no tenga un tiro de chimenea con humo esta noche. Aunque no es el mejor clima de todos, es el clima que tenemos, pago por estar vivos.

Vuelvo a mirar hacia la ventana y veo cómo la luz de Brian ha desaparecido. Le quedan diez minutos hasta la torre de observación, en la otra cara de la montaña, y otros diez para que mi hijo aparezca con el farol en dirección a su casa.

Toso varias veces y retiro el pañuelo lleno de sangre de mi cara. No me queda mucho. Me siento junto a la chimenea y me relajo hasta que llegue.

Me despiertan sobresaltados los golpes sobre la puerta, y esta abriéndose. En todo el pueblo no hay ni una sola puerta cerrada a nadie. Porque, en el pueblo, no hay secretos. Sonrío a mi hijo y me levanto. Le abrazo y le pido que sitúe el sillón junto a la puerta. Nadie debe escucharnos esta noche.

Él me mira atónito. No entiende mi comportamiento, como yo no entendí el de mi padre el día en que me lo contó. El día en que reveló la verdad de nuestra existencia y los peligros que vendrían detrás tras el descubrimiento de la verdad.

Se sienta en una de las asas del sofá y espera a que yo tome asiento en una silla. Mi hijo es un muchacho apuesto, pero lo suficientemente tímido como para no saber cómo aprovecharlo. Es leal, y valiente. Más de una vez ha arriesgado su vida por alguien del poblado, y estoy a punto de pedirle que nunca más vuelva a hacerlo. Ese ya no es su cometido. Su cometido es transmitir el mensaje a su no nacido hijo, mi nieto.

—Brian.—Le cojo las cuatro manos a la vez y le miro a los ojos.—Los humanos siguen existiendo.