Intercambio equivalente de la materia

Seguimos andando sin rumbo, huyendo en zigzag en una ruta elíptica que nos devuelve de nuevo al punto de partida. Lo importante es escapar de los zumbidos. Lo superfluo es seguir mentalmente entero. He visto a mucha gente rendirse desde hace ocho meses hasta ahora. Desde que la civilización colapsó y dio paso al miedo generalizado, a las estampidas, a la violencia en las calles. Y, después, al silencio.

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Vivimos ahora, los que vivimos, en un mundo silencioso, cuyo trino más alto es el que hacen las hojas de los árboles al caer. No vemos ningún pájaro desde hace meses, quizá tres. No vemos otros humanos desde hace más de cuatro. No vemos otros animales desde casi el principio de la pandemia.

Pandemia quizá no sea la palabra adecuada, pero es como la llamamos cuando tenemos el valor de intercambiar unas pocas frases entre nosotros, siempre con los oídos pendientes de los zumbidos.

La primera vez que los oí fue en el primer campo de refugiados en el que estuve. Había llegado junto a una muchacha que se quejaba de una hinchazón en la pierna, pero se negaba a que la viese un médico. Se llamaba Hannah, y dormía en la litera junto a la mía. La tercera noche, Hannah empezó a toser sangre, y el médico vino finalmente, alertado por otro compañero bajo la misma lona. Ella lo tenía, estaba infectada, de modo que debían matarla. Se llevaban su cuerpo a incineración cuando el sonido de las vísceras desgarró su estómago y espalda, y tres de aquellos insectos salieron de su cuerpo para infectar a otra persona más. El zumbido iba acompañado de un cloqueo desagradable que pronto murió por las armas del ejército.

«Cuando aún había ejército» pienso mientras recojo bayas del suelo. Nos hemos vuelto recolectores porque no hay nada que cazar. Esos bichos se han llevado todo a sus guaridas, y han terminado por matar la vida animal a excepción del resto de insectos y de las bacterias. Supongo que los animales acuáticos también están a salvo de ellos, aunque no estoy segura.

Cuando empezó, lo hizo con una pequeña cuarentena en Postdam, una ciudad cercana a Berlín, apareciendo en los medios como pequeñas gotas informativas que pronto formaron un torrente de alarma. Cundió el pánico mucho antes de que estos animales llegasen a nuestro continente a través del Atlántico. Berlín fue la primera gran capital en quedar contaminada. La siguieron Praga, Ámsterdam y Varsovia. Luego, toda Europa guardó silencio. Tras ello, África y Asia dejaron de emitir en el plazo de unas semanas. Avanzaba rápido. Cada tres días, su número se duplicaba.

Pronto, el caos reinó en el mundo, y las señales de radio dejaron de existir. Internet desapareció de un día para otro, junto con la red eléctrica. Las carreteras se llenaron de vehículos paralizados y fue imposible circular. Claro, que enseguida aprendimos a no hacerlo.

Viajar en un vehículo significaba que los bichos percibirían sus vibraciones. Nos dimos cuenta, tarde, que se sentían atraídos por las grandes vibraciones, de modo que dejamos todo tipo de propulsión que no fuesen nuestras piernas, y abandonamos la civilización.

Internarse en los bosques nos pareció una solución ideal, y hasta ahora está funcionando. Nos quedamos en silencio todo el día, incluso cuando recolectamos, y cuando les oímos nos detenemos en el acto. Si nadie se mueve, si nadie hace ruido, ellos pasan de largo. En busca de la siguiente presa que no somos nosotros.

El lenguaje común ha nacido, fruto de una extraña lengua de signos mezclada con evidentes expresiones corporales como «saltar» o «andar», que expresamos fingiendo que nuestro índice y anular son nuestras piernas. Esto forma una figura extraña y deforme rodeada por tres brazos como jarras. Nos reiríamos si alguno fuese lo suficientemente valiente como para hacerlo.

Viajo con un grupo de veinte personas, y el último incidente lo tuvimos hace tres semanas, cuando Dany sufrió un accidente. Cruzábamos un río cuando se resbaló y se abrió el pie contra una roca. Gritaba, y eso puso a todo el grupo en tensión. Aunque le hacíamos señas para que parase, el dolor lo había incapacitado como ser racional, y los alaridos se produjeron durante casi un minuto. Hasta que la flecha con la que le apuntaba atravesó su cabeza. No podemos arriesgarnos a que nos oigan.

Pero lo hicieron, y cinco o seis de esos insectos llegaron al río donde ahora guardábamos silencio y del cual temíamos movernos. Tras varias vueltas, dieron con el cadáver y le inocularon el veneno ARN. Sabemos que con eso servirá, no necesitan un huésped vivo. Tan solo carne no putrefacta.

En cuanto aquellos animales se fueron, recogimos todo y nos fuimos, andando en línea recta lo más lejos de allí. En tres días, el cuerpo de Dany sería desmembrado desde dentro, y unos cuantos de esos bichos saldrían de él, transformando su masa en más insectos en un intercambio equivalente de materia.