Las llaves maestras

La llave entró a la fuerza en la cerradura, arañando las paredes y desgarrando el nervio que abría la puerta, partiéndose en el momento en que giró con violencia el pomo.

Cartel «Las llaves maestras»

Unas horas antes, cerró la sesión de su ordenador y esperó a que el reloj diese las seis de la tarde, cansado de un día más en el trabajo. Cansado de la amabilidad que regalaba a todos y que nadie devolvía. Se tapó la cara con las manos y permaneció así unos segundos, hasta que unos golpecitos en el hombro le sacaron de su ceguera voluntaria.

—¿Has terminado ya esos informes?—preguntó Jaime, un contable a quien había echado una mano hacía unos años y que se había convertido en su único compañero en la empresa.

—Tienes dos tazas de té—afirmó Alex, dando a entender que requería algún tipo de explicación por aquello.

—Tengo dos tazas de té—confirmó Jaime, sonriendo—, y tú tienes una pinta horrible. ¿Duermes algo?

Alex se levantó, ofreció su silla a Jaime y se sentó sobre una pila de papel lo suficiente estable como para aceptar su cuerpo. Alex tenía un cuerpo corriente, con el sobrepeso estándar de nuestra sociedad, y los impresos apenas sí cedieron bajo su peso.

Varias personas pasaron junto a su mesa para dedicarle una sonrisa de rencor, y salieron por el ascensor del fondo. Casi no quedaba gente en la oficina a estas horas. Las Navidades tenían su propio horario especial.

—Sigues haciendo amigos, ¿verdad?—preguntó Jaime, elevando su taza en un brindis sin rezo.

—No sé qué hacer. Si saludo por la mañana a unos, son los otros los que se enfadan. Si entrego bien mi trabajo a los otros, los unos se despiden con esas sonrisas frías. Me da la impresión de que no vienen a trabajar, sino a lanzarse pullas los unos a los otros. Y, por algún motivo, estoy en el medio.

—Te has puesto en el medio—corrigió Jaime—. Alex, no puedes llevarte bien con todo el mundo. Yo mismo tengo mis problemillas con algunos tipos de mi planta. Las empresas son así. Las personas son como las cerraduras, ¿verdad, María?

Alex se giró y observó a la conserje del edificio, una señora de una edad indeterminada que siempre dedicaba sonrisas pero no hablaba con nadie, salvo con unos pocos elegidos, como Alex y Jaime. Llevaba muchos años en las mismas oficinas, y como ella misma decía, su trabajo era justo lo que había estado buscando durante años, para finalmente encontrarlo. Poco complicado, con baja interacción social y con una responsabilidad cuestionable, María se encargaba del turno de tarde del edificio.

—Es verdad—asintió—, las personas son como cerraduras, y cada una necesita su llave. Si una llave encaja en todas las cerraduras, entonces es que lo hace todo mal. Por eso las llaves maestras no funcionan bien en ninguna cerradura, porque no son para ella. Si sigues tratando de llevarte bien con toda la planta, acabarás enemistándote con todos y cada uno de ellos. Busca tu cerradura—concluyó, y señaló con la cabeza el reloj, indicándoles la hora de cierre de las oficinas, y yendo a dar la ronda de rigor.

Alex meditó durante la hora que necesitaba para conducir a casa, sacó el manojo de llaves del edificio del que era propietario, y sacó la maestra. La llave entró a la fuerza en la cerradura, arañando las paredes y desgarrando el nervio que abría la puerta, partiéndose en el momento en que giró con violencia el pomo.