Los demonios de Xavier

La mayoría de las personas, al enfrentarse a un demonio personal, lo encierra dentro de sí mismo. Lo contiene dentro de la bóveda de carne que es su interior, y trata por todos los medios que nadie lo vea. El demonio, al cristalizar, araña las paredes, furioso. Xavier era diferente. Él los aireaba junto al humo del cigarro.

Cartel «Los demonios de Xavier»

Se sentaba junto a ellos, a su lado, y les pedía fuego. Estos, formados como están por las chispas que suelen consumir a la gente, le encienden el cáncer a la primera. Y el cigarro empieza a humear, arrastrando las partículas calientes hacia arriba, formando extraños dibujos que a los ordenadores de Xavier les cuesta horas. Sin embargo, un cigarro es capaz de calcular cada uno de los giros que dará en el aire una tragedia.

Cuando da la primera y última calada, Xavier se concentra mucho en transferir sus demonios al cigarro. Aspira el aire, llenando sus pulmones de humo, y saturando de cigarro de monstruo. Luego, lo deposita sobre el cenicero de modo que este siga consumiéndose, y se le queda mirando.

Sobre la línea de humo, las formas comienzan a perfilarse. Un miembro aquí, otro allí. El rastro vertical de la nube asciende formando la figura de un hombre. Solo allí donde deberían estar los brazos, cuatro apariencias de niebla escapan, radiales, a la silueta. Cada una de ellas tratando de formar una zarpa.

Pasados unos segundos, el humo deja de ascender a partir de una altura determinada, y todas las partículas perdidas de alquitrán y muerte convergen en la forma, cada vez más sólida. Esta adquiere pronto un peso significativo, y se hace visible mientras se posa sobre la mesa y la recorre. Aún informe, inspecciona su nuevo reino mientras la cola desde el cigarro lo alimenta y le da corporeidad.

La figura de humo colapsa al apagarse el cigarro en un ser etéreo que observa a su alrededor, y se escapa con un chasquido de sus dedos corpóreos. El demonio ha sido liberado por Xavier, y solo ese motivo ya comporta que no le moleste más. Sin embargo, siempre hay personas con las que jugar…