Recuerdo de Kafte

Se veía a sí mismo como un recipiente lleno de tinta que sangraba artículos por las manos, y que escribía a golpe de un teclado sobre el que había encontrado la partitura correcta. Pensó en que uno no conoce su verdadera pasión a menos que la urgencia de su cercanía diaria colme el tiempo de uno, solo cuando se siente atrapado por el futuro y obvia el pasado puede descubrirse. Así fue como comenzó a escribir, siendo necesario encontrar el ritmo adecuado de la canción perfecta  a los mandos de un teclado que sonaba letras impresas sobre un papel reciclado. Solo en ese lugar del tiempo en que la obligación empuja surge la inspiración, al borde de una taza de café reducida a posos fríos hace horas, y fluye sangre de tinta hasta que la última gota deja de palpitar sobre el papel.

Ben camina, y piensa que las personas se asemejan cada vez más y más a esas contraseñas que, con los años, hemos aprendido a olvidar por desuso, y que cuando nos encontramos en la situación de tener que saludarles de nuevo dudamos de qué tinta van tatuados sus cerebros, celosos de lo que pueda contener el recipiente cuya llave hemos olvidado de manera parcial.

Recuerdo de Kafte

De esta guisa y con estos pensamientos se acercó el señor Kafte, un misterioso desconocido envuelto en una bruma de olor a café natural, a Ben. Y le estrechó la mano con un collar de dientes brillantes bajo la nariz a modo de saludo. Las manos de ambos tan solo estaban allí para constatar que esos dientes brillantes como espacios de la contraseña que ocultaba su identidad olvidada –y que abría el cofre de su sonrisa– se refería a él, y no a ningún otro Ben.

—Buenos días, Ben, ¿se acuerda usted de mí?

El esfuerzo por no mentir de aquél joven repleto de tinta con la contraseña olvidada nubló la mente de Ben de olores pasados, pues este es el modo en que los recuerdos se unen a la memoria interior, tras la propia contraseña que era la cara de póker que enseñaba tras su bufanda y sus guantes cortados. En el cerebro repleto de palabras de Ben, los olores cobraban mucha mayor importancia que las imágenes tridimensionales de las que todos hablaban hoy en día, y se ordenaban en función de sabores elegidos por una nariz acertada. Y si algo tenía Ben era una nariz adecuada para oler.

—Por supuesto, señor Kafte —acertó Ben tras meditar sobre cómo se habría impregnado aquél hombre del café que dejaba tras de sí al avanzar por el departamento de física de la universidad.

Los recuerdos del olor a café, junto con las claves que conformaban el collar de dientes bajo la nariz del señor Kafte, se unieron al complejo sistema de encriptado que trabajaba dentro de la cabeza de Ben, desbloqueando pensamientos conformados por palabras, tinta y golpes de su máquina de escribir. Al acabar el apretón de manos, el recuerdo de ambos conociéndose hace unos años y trabajando juntos en varios artículos de divulgación representaban para Ben todo el cosmos conocido, reduciendo el aeropuerto a meras trazas de realidad en desvanecimiento.

Este universo de su memoria se expandía a golpe de teclado, empujando la tinta de las palabras que escribió un poco más su memoria, enseñando los recovecos de sus anteriores conversaciones mientras su cerebro procesaba el aroma a café en que consistía el señor Kafte. Habían bromeado al respecto de que ambos eran meras condensaciones de sus artes, y que ni el señor Kafte era físico ni Ben era periodista.

El señor Kafte había surgido de la cristalización del olor a café en su laboratorio, del prensado de las nubes de olor que giraban en aquél espacio, materializándose de la nada en su oscuro cuerpo. Del mismo modo, Ben había nacido condensado de la tinta que gobernaba las ideas, fruto de las palabras que estaban obligadas a posarse a golpe del metal contra el folio.