Tras la compuerta de acero

Lloro frente a la compuerta blindada de acero, y me preguntó qué es ser cruel. Qué es ser un asesino. Me pregunto si para ello hay que disfrutar de lo que se ha hecho, o si por el contrario basta con haberlos matado a centenares.

Noto las manos sobre mi espalda de las personas a las que sí he conseguido salvar –al menos de momento- y los aplausos ahogados dentro del túnel de piedra. Hay bastante  luz, y mis lágrimas caen a la vista sobre el mono de trabajo de la empresa. Acabo de darme cuenta de que el logo de la empresa importará más bien poco en el futuro. Que ha perdido la relevancia que tuvo en su momento.

Cartel «Tras la compuerta de acero»

Me pongo en pie y sitúo la mano en el muro de acero que he mandado levantar, y a mi espalda oigo cómo se arrastran los pies hacia su nuevo hogar. Hacia las profundidades.

El metal está frío, y creo que seguirá así incluso cuando lleguen las primeras explosiones. Con un grosor de siete metros, contiene muchas cámaras de aire para evitar que el calor llegue hasta nosotros. Parte del diseño es de mi hermano pequeño, quien se eliminó a sí mismo de la ecuación del proyecto para estar con su familia. Me pregunto si yo debería haber hecho lo mismo.

Las lágrimas siguen cayendo mientras pienso en la gente a la que he matado. El crujido de los huesos era audible incluso sobre el mecanismo de elevado de la losa de metal. Me gustaría aprenderme sus nombres y recitarlos todas las noches, pedirle a Dios que me perdone por lo que me he visto obligado a hacer para salvar a unos pocos. Pero no sé quiénes fueron. No sé a quién he matado o qué vínculos tenían conmigo, si es que existían.

Al otro lado de la puerta blindada, a cinco minutos de la caída de los primeros misiles, miles de personas gritan, lloran y maldicen la compuerta que se ha sellado para ellos y estuvo abierta para otros.

Me imagino a los padres de familia destrozados, pensando en que debieron salir una hora antes, que no había suficiente tiempo. Que fueron tontos, y que al equivocarse por unos minutos han matado a su familia. Puedo ver con claridad las escenas de ahí fuera. Habrá quien se derrumbe en el suelo en un charco de sus propios desechos, y quien se siente con tranquilidad, abrace a sus seres queridos, y se prepare para contemplar el espectáculo único que tendrá lugar ante sus ojos.

Por la radio que tengo en la cintura se escuchan voces de alarma, y una serie de indicaciones que me limito a ignorar. Tras unos minutos, dos personas uniformadas vienen a por mí. Me piden que baje al búnker y que deje de «hacer el idiota». Son dos chavales jóvenes, es posible que con sus parejas en el interior, a quienes no importa las personas a la que he dejado encerradas fuera de la compuerta. Les despido con toda la amabilidad de que soy capaz y terminan por irse, recogiendo algunos objetos en un carro pequeño que han traído.

Yo me sereno, me siento frente a la puerta blindada, y espero. Tengo una mano apoyada sobre el frio acero, y la voy cambiando por la contraria a medida que transcurren los minutos y se me cansa. Hasta que lo percibo.

El suelo tiembla, las luces parpadean un par de veces, e incluso cae algo de polvo del techo. Sin embargo, no ocurre nada más. La bomba nuclear ha caído junto a la ciudad, al otro lado de la montaña, y el bunker permanece intacto. La puerta ni siquiera ha vibrado. Y sigue fría.