Un mundo apagado

Se sentía frío, desarropado e inseguro. La interrupción del servicio del nexo le hacía sentir vulnerable, del mismo tipo de debilidad que un paseo desnudo por las calles de la ciudad.

Y así era, en cierta medida. Estaba desnudo. Sin un enlace-k con la esfera de datos de la ciudad, las calles de la megaurbe, las paredes, y el suelo, se asemejaban a un laberinto de hormigón desnudo que observaba en silencio cómo pisaba la acera la gente.

Un mundo apagado

La gente, pensó. Thomas percibió por primera vez el sonido de cientos de pies sobre el hormigón. Nunca antes lo había notado porque la banca de audio de máser había estado ocupada de manera permanente. A través del nexo, las paredes lisas de hormigón de setecientos metros de altura mostraban carteles, anuncios, textos, spots de audio y cientos de miles de luces brillantes a nivel visual.

No ver todo aquello sobreimpreso sobre su córnea le hacía sentirse perdido.

Pero la falta de audio era infinitamente peor. El vértigo de no oír nada… Las pisadas de cientos de personas rebotaban por el cemento del suelo, y de ahí al hormigón de las paredes, y vuelta a la calle. Aquel sonido inundaba toda la ciudad, y la gente permanecía ausente a su ruido. Unas horas antes, él había sido como ellos, y conservando aún el enlace con el nexo.

—No te va a pasar nada—aseguró el técnico de Zobr—estas cosas están hechas para durarte toda la vida. Solo voy a cargarle un nuevo waveware.

Pero, a los veinte minutos de salir de la clínica, el mundo entero se apagó con un chasquido en su cortex externo. Un relámpago que le tumbó al suelo. Y luego la ceguera. No veía nada. No, espera. Sí veía algo, pero era un algo irreconocible, deformado. Una realidad  ala que no pertenecía. Vacía. Un mundo menos real sin un enlace-k funcional.

Un mundo apagado. Sin banners de publicidad tratando de traspasar la distancia mínima del antivirus, ni spam agresivo persiguiéndole por la calle y obligándole a una música proyectada sobre este. El mundo, sin el nexo, había dejado de existir como tal. Ahora estaba…

No, en el mundo no. Ahora estoy en otra parte, pensó.

Paseó durante un tiempo por la ciudad vacía de ciudad hasta dar con un cruce exactamente igual a todos los demás. Al otro lado de la calle, una joven le observaba. Le observaba a él, no al cielo de los anuncios que quedaban fuera de su nuevo alcance. Le atravesaba con la mirada. La gente, en su realidad, no miraba a las personas de manera directa. ¿Quién quería hacerlo pudiendo conectar vía máser con la persona en cuestión?

Pero aquella muchacha le miraba directamente a él. Debía tener la mitad de su edad, y sonreía en su dirección mientras ignoraba al resto de cientos de personas que les rodeaban como ellos se ignoraban entre sí. Levantó la mano, y la movió en el aire.

Thomas no supo qué hacer. ¿Qué significaba aquello? ¿Era un gesto amable? Se quedó embobado, inmóvil, sin tener muy claro cómo debía actuar. Mirándola hasta que ella se acercó paseando.

—Tú eres nuevo, ¿verdad?

—¿Nuevo?—preguntó él—. Nuevo, ¿en qué?

—Nuevo—afirmó, como si ahora esa palabra hubiese adquirido significado—. Nuevo, nuevo. Acabas de perder el nexo.

Él asintió con cara de bobo.

—Se ha apagado. El mundo entero…

—Ven—interrumpió, y te tendió una mano pequeña y blanca a la que él se agarró de modo instintivo. Aquella pequeña sabía qué estaba pasando, de algún modo—. Vamos a ver al resto.