Una vida de escritor

Morgan miró hacia arriba. Sin duda, si había alguien mecanografiando esta historia de locos, parecía coherente que habitase en un lugar desde el cuál pudiese verlo todo, y «arriba» parecía lo suficientemente acertado para esa labor. Por un segundo, cruzó por su mente la idea de un escritor ciego ante sus historias, escribiéndolas mientras las observaba a través de varios metros de asfalto y tuberías de agua bajo la ciudad, y río con ganas.

Una vida de escritor

Lo bueno de estar encerrado aquí es que nadie parece percibir los ataques de risa, ira o depresión. O, si lo hacen, los ignoran de la forma más dulce en que pueden hacerlo: no te hacen ni puto caso.

Me levanto de la silla del jardín y dejo el periódico que no me he leído sobre ella. Como cada mañana, salgo de la residencia, compro un periódico, me tomo un café, y vuelvo a entrar en ella. Me dirijo al jardín y me siento a pensar mientras finjo leerlo. Y permanezco todo el tiempo con un ojo mirando hacia arriba.

Eso me traslada desde las ocho de la mañana a bien entrado el mediodía, y es entonces cuando busco otros modos de entretenerme. El problema de estar aquí varado con tus pensamientos es que hay demasiado tiempo que llenar con ellos. No estoy seguro de a quién se le ocurrió la idea original, pero no es que fuese demasiado inteligente.

«Encerrar a personas con trastornos psiquiátricos para que pasen doce horas al día solos consigo mismos. Genial, una cura cojonuda, una rehabilitación impecable» pienso mientras vuelvo a reírme. Aquí, en Dotwood, no ha habido un solo caso de mejora en años. Desde que fui encerrado aquí, nadie se ha restablecido de su condición inicial, e incluso esta se ha vuelto violenta e irracional, y ha dañado a otras personas.

Hace no más de una semana, o puede que un poco más de un mes, Thomas, un caballeroso anciano que saluda todos los días y se empeñaba en tomar el té dos veces cada mañana, arrancó con la dentadura postiza la vena yugular externa de una señora de avanzada edad con la que se cruzó. Y, al parecer, el comportamiento violento apareció como lo acaba de hacer en mi memoria. Rápida y fugazmente. Thomas se había vuelto loco aquí dentro, mucho más de lo que estaba cuando entró, y nadie había percibido el cambio.

Porque si algo hay que hacer es admitir nuestra condición. Los alienígenas no están entre nosotros, como dice Carolina, mi vecina; nadie quiere comerse nuestra piel, como asegura Donald, un joven que duerme en el pabellón A; y desde luego nadie está escribiendo mi vida.

Desde hace casi diez años, desde que la chispa de la idea contaminase mi cabeza, creo que hay un tipo –en alguna parte- mecanografiando lo que es mi vida actual. Y sospecho que carezco del llamado «libre albedrío», algo que plasmé en mi último libro, un Best Seller gracias a mi condición de lunático. Estar loco vende, lo supe desde el primer día. Sé que no existe tal persona y, sin embargo, mi cerebro se empeña en decir que está en algún lugar. Esta dualidad puede volverte aún más chalado que el calmado Thomas y su boca llena de sangre de la pobre señora. Y crece a cada segundo que estamos aquí dentro.

Por eso, cada mañana, después de no leer el periódico, camino varios kilómetros hasta la biblioteca pública, donde abro el portátil que me regaló mi nieta, y paso allí las siguientes cuatro horas, llegando deliberadamente tarde a la comida del centro. Eso me da la oportunidad de no tener que sentarme con todos aquellos enfermos que, sospecho, lo único que hacen es retroalimentarse entre sí.

Me permiten hacer esto por dos motivos. El primero, y de menor importancia, es que nunca he causado un alboroto visible, y soy extremadamente pacífico. El segundo, crítico, es que mi nieta crackeó el ordenador del presidente de la residencia, y ahora le extorsionamos con la información que había dentro. Le saludo todas las mañanas con una sonrisa, y él me devuelve el saludo en forma de mueca agria. Que se joda.

Desde entonces, me paseo por donde quiero, salgo cuando me apetece y no tengo por qué respetar horarios o al personal del centro. Aunque, claro, les atiendo siempre con la amabilidad de quien está siendo manejado con los hilos de una máquina de escribir.

Mi escritor, o escritora, debe ser un tipo agradable. Me ha permitido llegar hasta aquí, lo cual no es del todo malo. Conozco demasiada gente que se quedó por el camino. Que perdió la cabeza, la vida, o a algún ser querido –renunciando a las dos anteriores-.

Me siento en la silla que siempre ocupo en la biblioteca, alejado del ruido del pasillo central, y abro el portátil. La foto de mis dos nietas y mi hijo irrumpen en mi cara con una sonrisa. Abro el editor de texto y me preparo para lo que mi escritor decida obligarme a escribir. Como digo, es alguien agradable, me ha permitido vivir de esto, de modo que, al menos, le debo eso.